“En este libro, un cardenal y un filósofo laico dialogan sobre esperanza, responsabilidad y el fin del mundo. El debate entre ambos no evade cuestiones polémica y de suma importancia, que a menudo han dividido a los creyentes de los no creyentes: el sentido de la historia, el problema del aborto, el papel de las mujeres dentro de la Iglesia y la posibilidad de una ética común a todos los seres humanos, independientemente de su religión o falta de ella”. Esther Cohen.

 

El profesor italiano Umberto Eco (autodesignado como religioso laico) y el cardenal Carlo Mario Martini son los protagonistas de estos diálogos filosóficos que giran en torno a temas controversiales y de gran interés tanto para creyentes como para no creyentes.

 

Este artículo lo he dividido en los siguientes rubros que, si bien no concuerdan a la letra con los apartados utilizados en el libro, sí guardan relación con los principales temas:

 

1. Rumbo a la sociedad utópica

2. Sobre la vida humana y el aborto

3. Mujeres y su exclusión del sacerdocio

4. Una ética común para creyentes y no creyentes

 


 

  1. Rumbo a la sociedad utópica

 

Utopia Moral Eduardo Galeano Frase

 

¿Estamos celebrando el final de las ideologías y de la solidaridad tal y como afirma Eco? Está claro que muchas de las tradiciones espirituales serias hablan de un final de los tiempos; ¿Será que el anunciado final de los tiempos coincide con un presente cada vez más cruento, doloroso y ardiente? No olvidemos que hoy por hoy estamos presenciando algunos de los siguientes acontecimientos que son narrados por Eco:

 

“… la multiplicación de “los depósitos nucleares ya incontrolados e incontrolables, la lluvia ácida y el Amazonas que desaparece, el agujero de ozono y la migración de hordas desheredadas que salen a tocar, a veces con violencia, a las puertas del bienestar, el hambre de continentes enteros, nuevas e incurables pestes, la destrucción interesada del suelo, los climas que se modifican, los glaciares que se descongelan, y la ingeniería genética que construirá a nuestros replicantes y, gracias al ecologismo místico, el suicidio necesario de la humanidad misma, que deberá morir para salvar a las especies que casi ha destruido, a la madre Gea que ha desnaturalizado y sofocado”1).

 

Con gran acierto, Martini afirma que “en cada Apocalipsis hay una gran carga utópica, una gran reserva de esperanza, pero unida a una resignación desoladora ante el presente”2). Esto es a lo que se ha referido Emilio Carrillo cuando expresa que la utopía –que es una sociedad deseable– y la distopía –que es una sociedad indeseable– forman parte de un mismo fenómeno. En sus palabras, “la distinción existente entre situaciones o fenómenos aparentemente opuestos es solo cuestión de grado, más allá de lo cual no hay auténticas diferencias, tratándose, por tanto, de la misma cosa y compartiendo idéntica naturaleza”3). Luego entonces, la utopía y la distopía forman parte de un mismo fenómeno aunque en diferente grado, tal y como el frío y el calor forman parte de la temperatura como un sistema que mide la energía cinética.

 

Ante esto, coincido con Eco en que es necesario preguntarnos lo siguiente: “¿Existe una noción de esperanza, y de responsabilidad nuestra en relación con el mañana, que pueda ser común a creyentes y a no creyentes?4). Y aquí es necesario nombrar a un tercer grupo en el que estos dos intelectuales no reparan: aquellos que consideran que Dios ES, y que además no se presenta como un Dios externo (que es como lo perciben los creyentes y no creyentes), sino como una conciencia universal inteligente y creadora que se envuelve en toda la materia y energía, y de la cual los seres humanos también formamos parte. Mientras que los creyentes y no creyentes buscan el fundamento de su actuar en el exterior, el tercer grupo lo reconoce desde su interior.

 

 

  1. Sobre la vida humana y el aborto

 

Ilustración aborto de Cecilia Ruiz

 

Como Eco –a propósito del aborto– considero que “no me sentiría capaz de imponer mi posición ética a cualquiera”. En verdad “existen momentos terribles, de los que todos nosotros sabemos poquísimo… en los que una mujer tiene derecho a tomar una decisión autónoma que concierne a su cuerpo, sus sentimientos y su futuro”5). Aunque no somos nadie para imponer nuestra voluntad sobre el libre albedrio de una mujer, es común que ronde por nuestra cabeza la pregunta ¿Cuándo es que comienza la vida humana?

 

En efecto, “si bien nuestro concepto de la vida vegetal y animal es vago, no lo es el de la vida humana”6). Y se dice que es vago porque nos comemos a las vacas y a los cerdos, matamos a los animales que nos repugnan, al mismo tiempo que adoramos a nuestros animales de compañía y aquellos que son agradables a nuestra vista. Desde un punto de vista coherente todos los animales merecen tener nuestra misma consideración moral ya que todos ellos tienen derecho a seguir el curso de su evolución natural; además, cuentan con un sistema nervioso desarrollado y, por tanto, son capaces de sufrir y sentir dolor; no así las plantas, cuyo sistema nervioso no se encuentra tan desarrollado como el de los animales. No sabemos si las plantas sienten dolor, pero con seguridad sabemos que los animales sí sienten dolor y también afecto.

 

Ciertamente, en el caso de la vida humana no sabemos cuándo es el momento exacto en el que ésta da comienzo; es más, aunque lo supiéramos, la decisión de abortar junto con la responsabilidad moral y consciencial que conlleva le corresponde solo a la mujer. Si bien es deseable que la pareja participe de esta decisión, es a ella a quien verdaderamente le afecta. Por lo tanto, como sociedad tenemos la obligación de brindar las herramientas adecuadas para que las mujeres reciban la información necesaria, y en caso de que decidan abortar, lo hagan en condiciones seguras y salubres.

 

Por su parte, para dar respuesta a estas cuestiones sobre la vida y el aborto el cardenal Carlo Martini plantea la importancia de diferenciar entre el concepto amplio de “Vida” y la vida humana. Menciona que para los católicos, el valor supremo no es la vida humana sino “la vida divina comunicada al hombre” [al ser humano]. Luego entonces, cuando se concibe un nuevo ser se entiende que está llamado a “participar de la vida de Dios mismo”7); se trata de respetar un llamado divino, y no de una simple valoración benévola por preservar una vida humana.

 

Más aún, Martini opina que “toda violación de esta exigencia de afecto y de cuidado” por parte del nuevo ser que es llamado a la vida, “no puede ser vivida más que como conflicto, en un sufrimiento profundo y en una laceración dolorosa»8). De ahí que el Cardenal sea de la idea de “hacer todo para que este conflicto no ocurra, para que esta laceración no se produzca”9). Cabe mencionar que Martini –al igual que Eco– acepta que las heridas profundas y las huellas las lleva sobre todo la mujer. Desde su posición, no se busca criminalizar los abortos de las mujeres, pero sí tratar de evitarlos.

 

  1. Mujeres y su exclusión del sacerdocio

 

Women and church

 

¿Por qué el sacerdocio es una prerrogativa masculina dentro de la religión católica? Por el contrario, “¿Cuáles son las razones doctrinales para prohibir el sacerdocio a las mujeres”? Estas son algunas de las interrogantes que se plantea Umberto Eco10).

 

Al respecto, Carlo Maria Martini responde que no se trata de una cuestión ética sino teológica; ésta última se apoya en un contexto histórico en el que “todas las iglesias… continúan siguiendo, desde siempre, una cierta praxis cultural en la que las mujeres están excluidas del sacerdocio”11). En concreto, el cardenal responde a este dilema moral de la siguiente manera:

 

“El hecho mismo de que tantas de las razones sostenidas a lo largo de los siglos para dar el sacerdocio sólo a los hombres ya no sean hoy propuestas de nuevo, mientras que la praxis misma persevera con gran fuerza, nos advierte que estamos no frente a razonamientos simplemente humanos, sino al deseo de la Iglesia de no ser infiel a esos hechos salvíficos que la generaron y que no derivan de pensamientos humanos sino del actuar mismo de Dios”12).

 

Sin embargo, gracias a Gerda Lerner aquí recordamos un periodo de la historia (1790 al 1745 a.C.) en la ciudad de Mari (“situada más al norte de Summer, en lo que hoy es la frontera sirio-iraquí”) en el que las mujeres “desempeñaban importantes funciones religiosas en calidad de sacerdotisas, adivinadoras y profetisas”13). Aunque, evidentemente este hecho histórico no corresponde a la era católica, sino a un contexto en el que todavía era común el culto a la diosa-madre. Con posterioridad, durante la instauración del monoteísmo hebreo, los hombres se posicionaron como los representantes de Dios. En palabras de Lerner:

 

«Solo los hombres podían hacer de mediadores entre Dios y los humanos. Ello quedaba simbólicamente expresado en la existencia de un clero formado exclusivamente por hombres, en las diversas formas de apartar a las mujeres de los ritos religiosos más importantes y significativos como, por ejemplo, excluirlas de la formación del minyan, asientos separados en el templo, apartarlas de la participación activa en el servicio al templo, etc. Se les negó un acceso igualitario a la enseñanza religiosa y el sacerdocio, y con ello se les denegó la capacidad de interpretar y modificar el sistema de creencias religioso»14).

 

No olvidemos que –como bien señala Emilio Carrillo– aún los mensajes espirituales más profundos están impregnados de la densidad de la conciencia humana; es en esta densidad donde se desarrollan deseos e intenciones humanas de carácter egocéntrico, como por ejemplo, el deseo de dominar al otro y el de percibir al diferente como un ser inferior. Claro, importa conservar y poner en práctica los grandes mensajes de las religiones, pero a la vez hemos de ser conscientes de que estas instituciones han bebido y siguen bebiendo de sesgos androcéntricos y antropocéntricos. Visto de otra manera, los seres humanos padecemos de sesgos cognitivos que se reflejan en el actuar de las instituciones religiosas. Sin duda, existe una línea muy delgada entre lo que es fruto de la conciencia egocéntrica de los seres humanos y lo que se considera herencia esencialista. ¿La exclusión de las mujeres del sacerdocio es consecuencia de prácticas milenarias sexistas? O ¿se debe a un designio divino?

 

Desde mi punto de vista, la Iglesia Católica cae en la falacia naturalista cuando –en voz de Carlo Maria Martini– defiende la exclusión de las mujeres del sacerdocio señalando que siempre ha sido así y, por lo tanto, por algo será. Por supuesto que se trata de una cuestión ética cuyas raíces, sin embargo, se han diluido en el misterio de la teología y en los confines milenarios de la historia del catolicismo. Como cuestión ética que es merece ser analizada.

 

 

  1. Una ética común para creyentes y no creyentes

 

Ética común

 

¿Existen los absolutos morales? Es decir, valores no sujetos a ningún principio mutable o negociable. Para Carlo Maria Martini “la dignidad humana es un principio que funda un sentir y un obrar común: no usar jamás al otro como instrumento, respetar en todo caso y siempre su inviolabilidad, considerar siempre a cada persona como una realidad de la que no se puede disponer e intangible”15). Martini también se pregunta: ¿cuál sería la justificación de estos principios? Sabemos que los derechos humanos se fundamentan en la dignidad humana, pero ¿cuál es el fundamento de la dignidad humana? El cardenal apunta hacia algo más grande y alto que el ser humano.

 

Por su parte, Umberto Eco es de la idea de que “existen nociones comunes a todas las culturas, y… todas ellas se refieren a la posición de nuestro cuerpo en el espacio”16). Estas nociones las detalla en el siguiente fragmento:

 

“Somos animales erectos, por lo que es cansado permanecer mucho tiempo con la cabeza baja y, por lo tanto, tenemos una noción común de lo alto y de lo bajo, tendiendo a privilegiar lo primero sobre lo segundo. Al mismo tiempo, tenemos nociones de una derecha y una izquierda, del estar inmóvil o del caminar, del estar derechos o acostados, del arrastrarse o de saltar, de la vigilia y del sueño. Ya que tenemos las artes, sabemos todos qué significa batir una materia resistente, penetrar una sustancia blanda o líquida, regodearse, tocar el tambor, pisar, coger a golpes, quizás hasta bailar. La lista podría ser larga, e incluye el ver, el oír, comer o beber, engullir o expulsar. Y ciertamente cada hombre tiene nociones sobre lo que significa percibir, recordar, advertir un deseo, miedo, tristeza o alivio, placer o dolor, y emitir sonidos que expresen sentimientos. Por lo tanto (y ya se entra en la esfera del derecho), se tienen concepciones universales acerca de la constricción: no se desea que ninguno nos impida hablar, ver, escuchar, dormir, engullir o expulsar, ir a donde queramos; sufrimos si alguno nos ata o nos obliga a estar segregados, nos golpea, nos hiere o nos mata, nos somete a torturas físicas o psíquicas que disminuyan o anulen nuestra capacidad de pensar”17).

 

A lo anterior le acompañarían otras experiencias humanas como: “la relación sexual, el placer del diálogo, el amor por los hijos, el dolor por la pérdida de una persona amada…”18); para Eco, todo ello vendría a constituir una base para una ética. Y es que, “la dimensión ética se inicia cuando entra en escena el otro”19). Luego entonces, la ética se despliega desde nuestra corporalidad hacia el exterior, y estará condicionada por nuestras relaciones con nosotr@s mismos y con los demás de acuerdo a nuestro nivel consciencial y evolutivo.

 

 

Notas bibliográficas   [ + ]

1. Umberto ECO y Carlo Maria MARTINI, ¿En qué creen los que no creen?, Taurus, México, 2019, pp. 28-29.
2. Ibídem, p.39.
3. Emilio CARRILLO, DIOS, Editorial Sirio, formato electrónico, 2013.
4. Umberto ECO y Carlo Maria MARTINI, ¿En qué creen los que no creen?, op.cit., p.32.
5. Ibídem, p. 48.
6. Ibídem, p. 51.
7. Ibídem, p. 60
8. Ibídem, p. 62
9. Ídem.
10. Ibídem, pp. 78-79.
11. Ibídem, pp. 86-87.
12. Ibídem, p. 91.
13. La historiadora observa que «el texto del Antiguo Testamento demuestra la restricción gradual del papel público y económico de las mujeres, una reducción de sus funciones religiosas y una progresiva regulación de su sexualidad a medida que las tribus judías pasan de ser una confederación a un Estado». Más aún, de acuerdo a sus investigaciones, afirma que: este «nuevo orden bajo un Dios todopoderoso proclamaba a los hebreos y a todos aquellos que siguieran la guía moral y religiosos de la Biblia, que las mujeres no puede hablar con Dios». En Gerda LERNER, La creación del patriarcado, trad. Mónica Tusell, 2ª ed, Katakrak Liburuak, Pamplona, 2018, pp. 120, 272 y 274
14. Íbidem, p.303
15. Umberto ECO y Carlo Maria MARTINI, ¿En qué creen los que no creen?, op.cit., pp. 102-103.
16. Ibídem, p. 109
17. Ibídem, pp. 109-110.
18. Ibídem, p.110
19. Ibídem, p. 111.