«El sistema del patriarcado es una costumbre histórica; tuvo un comienzo y tendrá un final. Parece que su época ya toca fin; ya no es útil ni a hombres ni a mujeres y con su vínculo inseparable con el militarismo, la jerarquía y el racismo, amenaza la existencia de vida sobre la tierra»1).

Comenzaré señalando –de la mano de Gerda Lerner– que las mujeres NO han estado al margen de la formación de la sociedad ni de la construcción de la civilización, sino que han sido agentes centrales en la historia. De igual manera, “las mujeres han cooperado con lo hombres en la conservación de la memoria colectiva, que palma el pasado en las tradiciones culturales, proporciona un vínculo entre generaciones y conecta pasado y futuro”2). Esta participación activa de las mujeres en la construcción de las sociedades se encuentra mayoritariamente en el registro no escrito del pasado.

Por otra parte, tenemos que la Historia es el registro, ordenamiento e interpretación del pasado. Pues bien, la Historia conocida ha sido interpretada y escrita por hombres mayoritariamente, quienes han fijado su atención en las acciones de otros hombres. Es una Historia que ha declarado universal pero que, sin embargo, excluye las historias, experiencias y aportaciones no solo de la mayoría de las mujeres sino de otros colectivos como, por ejemplo, los pueblos originarios y la comunidad lgtbiq+. Por lo tanto, todxs hemos participado conjuntamente en la construcción de la civilización.

“El registro del pasado de la raza humana que se ha escrito e interpretado es solo un registro parcial”, pues omite el pasado de la mayoría humana”3).

Las mujeres han participado activamente de la Historia, cosa muy distinta es que “se les haya impedido conocer su Historia e interpretar tanto la suya propia como la de los hombres. Se las ha excluido sistemáticamente de la tarea de elaborar símbolos, filosofías, ciencias y leyes”4). Por lo tanto, existe un conflicto “existente entre la experiencia histórica real de las mujeres y su exclusión a la hora de interpretar dicha experiencia”, a esto se le llama <<Dialéctica de la historia de las mujeres>>; o sea, las mujeres han estado “simultáneamente al margen y en el centro de los acontecimientos históricos”5). El reconocimiento de este conflicto, entre otras cuestiones determinantes, impulsó a las mujeres a luchar contra su condición social.

Mujeres en la historia. Mujeres historicas

De acuerdo a Gerda Lerner, las mujeres tardaron aproximadamente 3,500 años en tomar conciencia de su posición subordinada dentro de la sociedad. Aún estamos en ese proceso ya que no todas las mujeres hemos tomado conciencia de nuestra condición histórica. Al respecto, y con mucha razón, Lerner se pregunta: “¿Qué es lo que explicaría la <<complicidad>> histórica de las mujeres para mantener el sistema patriarcal que las sometía y para transmitir ese sistema, generación tras generación, a sus hijos e hijas? Hay dos principales respuestas a esta pregunta: una patriarcal y otra con perspectiva de género, que es la que nos proporciona la autora.

  • La respuesta patriarcal: “las mujeres no han producido avances importantes en el conocimiento a causa de su preocupación, determinada por la biología, por la crianza de los hijos y por la afectividad, lo que las llevó a una situación de <<inferioridad>> en lo que atañe al pensamiento abstracto”6).
  • Propuesta con perspectiva de género de Lerner: Se parte del presupuesto de que “hombres y mujeres son biológicamente distintos, pero que los valores y las implicaciones basados en esta diferencia son consecuencia de la cultura. Cualesquiera diferencias discernibles en el presente por lo que respecta al colectivo de los hombres y al de las mujeres son consecuencia de la historia particular de las mujeres, que es esencialmente distinta a la historia de los hombres. Esto se debe a la subordinación femenina a los hombres, previa a la civilización, y al rechazo de una historia de las mujeres. El pensamiento patriarcal ha oscurecido y olvidado la existencia de una historia de las mujeres, hecho que ha afectado enormemente a la psicología tanto femenina como masculina7).

Para fundamentar su hipótesis, Lerner, además, analiza las cuestiones sobre el proceso histórico por el cual se estableció e institucionalizó el patriarcado8). Más aún, la historiadora parte de la idea de que “la subordinación femenina antecedió a la civilización occidental”, la cual comienza con el registro histórico escrito9); de ahí que su investigación se sitúe en el cuarto milenio a.C., que corresponde al periodo neolítico.

“El período de la <<formación del patriarcado>> no se dio <<de repente>>, sino que fue un proceso que se desarrolló en el transcurso de casi 2,500 años, desde aproximadamente el 3100 al 600 a.C. E incluso, en las diversas sociedades del mismo antiguo Próximo Oriente, se produjo a un ritmo y en una época distintos»10).

Por tanto, el patriarcado es un sistema histórico anclado en el tiempo que tuvo un inicio y que puede tener un final. La subordinación femenina no obedece a determinismos biológicos, tampoco es un hecho universal ni tiene un fundamento divino. Es verdad, físicamente somos diferentes; pero, inclusive si se acepta el hecho de que los cuerpos femeninos tienen ciertas tendencias a la afectividad y a la compasión, no se puede negar que la subordinación femenina obedece a una ideología patriarcal que ha puesto en el centro el actuar masculino mientras que ha restado valor a las experiencias y aportaciones de las mujeres. En todo caso, coincido con Lerner cuando afirma que “la dominación masculina es un fenómeno histórico en tanto que surgió en una situación determinada por la biología y que, con el paso del tiempo, se convirtió en una estructura creada e impuesta por la cultura”11). Son esos sesgos y construcciones culturales los que tenemos que identificar para luego transformarlos.

Patriarcado_Feminista_Ilustrada

“Cuando las antropólogas feministas han revisado los datos o han hecho su propio trabajo de campo se han encontrado con que la dominación masculina no es ni mucho menos universal. Han hallado sociedades en las que la asimetría sexual no comporta connotaciones de dominio o subordinación”12).

Lo anterior se ve de manera muy clara en el siguiente ejemplo. Ciertamente, se ha supravalorado la participación de los hombres en las sociedades cazadoras y recolectoras en tanto poseedores de mayor fuerza física, al mismo tiempo se ignoraban las aportaciones de mujeres y niños al respecto. Hasta evidencias antropológicas recientes, desconocíamos que en la mayoría de las sociedades cazadoras y recolectoras “la caza de animales grandes [constituía] una actividad auxiliar, mientras que la principales aportaciones de alimento [provenían] de las actividades de recolección y caza menor, que [llevaban] a cabo mujeres y niños”13). En efecto, en aquella época existía una complementariedad entre los sexos a propósito de sus tareas: sus actividades y roles eran igual de importantes para la supervivencia del grupo14); aunque puede que las mujeres estuvieran subordinadas a los hombres en algún aspecto, se dice que fueron sociedades muy igualitarias.

“Elise Boulding halla en las sociedades neolíticas un reparto igualitario del trabajo, en el que cada sexo desarrolló las habilidades adecuadas y el conocimiento esencial para la supervivencia del grupo. Ella nos explica que la recolección de alimentos exigía un profundo conocimiento de la ecología, las plantas, los árboles y las raíces, de sus propiedades alimentarias y medicinales. Describe a la mujer primitiva como la guardiana del fuego doméstico, la inventora de los recipientes de arcilla y de los cestos, gracias a los cuales se podían guardar los excedentes alimentarios de la tribu en previsión de los tiempos de penuria. La describe como la que quitaba los secretos a las plantas, los árboles y los frutos para transformar sus productos en sustancias curativas, en tintes, cáñamo, hilo y ropas. La mujer sabía cómo transformar las materias primas y los cadáveres de animales en productos alimentarios. Sus habilidades eran tan variadas como las de los hombres y seguramente igual de esenciales”15).

Luego entonces, surge la siguiente pregunta: ¿ha existido alguna sociedad matriarcal en la historia de la humanidad? Aunque existan evidencias sólidas de que en Catal Hüyuk [antiguo asentamiento del periodo neolítico en el Oriente Próximo] existió “algún tipo de modelo alternativo al patriarcado”, Lerner responde que no, que no se puede hablar de la existencia de un matriarcado. Y es que, un sistema matriarcal se da “cuando las mujeres tienen un poder sobre los hombres y no a su lado, cuando ese poder incluye la esfera pública y las relaciones con el exterior, y cuando las mujeres toman decisiones importantes no solo dentro de su grupo de parentesco sino también en el de su comunidad”16). Además, Lerner, distingue matriarcado de sociedades matrilineales y matrilocales; a saber, éstas dos últimas sí han tenido presencia en nuestra historia17). Lo que Catal Hüyuk demuestra –junto con las sociedades cazadoras y recolectoras– es que ni el patriarcado ni la subordinación femenina son universales.

Mujeres_recolectoras_sociedades_primitivas

“En la mayoría de las sociedades primitivas del pasado y en todas las sociedades cazadoras y recolectoras que todavía existen hoy, las mujeres aportan por término medio el 60% o más de la comida”18).

Gerda Lerner, además indaga sobre cómo es que las mujeres hemos permanecido adormecidas por más de 3500 años y, además, participado en la construcción de un sistema que nos subordina. Para tratar de responder a esta pregunta, la historiadora señala de manera acertada que “debemos abandonar las explicaciones unicausales” y considerar que “la posición de las mujeres en la sociedad debe verse siempre en comparación con la de los hombres de su mismo grupo social y su misma época”19). Lo anterior cobra relevancia si consideramos que la primera apropiación de propiedad privada puede que haya sido la capacidad reproductiva de las mujeres, esto con el fin de asegurar la supervivencia de las comunidades20).

De las sociedades cazadoras y recolectoras pasamos a las sociedades agricultoras; de las sociedades matrilineales a las sociedades patrilineales. A saber, en los primeros asentamientos humanos, la división sexual del trabajo se basaba en las necesidades y diferencias biológicas. Sin embargo, con el paso del tiempo se fueron configurando sociedades más complejas que “presentaban una división del trabajo que ya no solo se basaba en las diferencias biológicas, sino también en las jerarquías y en el poder de algunos hombres sobre otros hombres y todas las mujeres”. A propósito, “varios especialistas han concluido que el cambio descrito aquí coincide con la formación de los Estados arcaicos”21). Pero antes de que el aparato estatal se hiciera más complejo, hubo connatos en los que se advierte que las mujeres detentaban cierto poder dentro de las actividades económicas y religiosas, como sucedió en la ciudad de Mari en la actual frontera sirio-iraquí. En palabras de Lerner:

«Una colección de documentos reales, datados del 1790 al 1745 a.C. describen una sociedad que concedía a las mujeres un amplio margen en las actividades económicas y políticas. Las mujeres, al igual que los hombres poseían y administraban propiedades, podían realizar contratos en su nombre, presentar demandas ante la corte y hacer de testigos. Tomaban parte en negocios y en transacciones legales tales como las adopciones, las ventas de propiedad, la concesión o la petición de créditos. Aparecen unas cuantas mujeres en las listas de aquellos que ofrecían obsequios al monarca; dichos obsequios era o bien impuestos o bien tributos de vasallaje, lo que indica que estas mujeres tenían una posición política y unos derechos. Eran también escribas, músicos u cantantes. Desempeñaban importantes funciones religiosas en calidad de sacerdotisas, adivinadoras y profetisas. Teniendo presente que los monarcas consultaban regularmente a los profesas y los adivinos antes de tomar una decisión importante o de emprender una guerra, estas personas eran los verdaderos consejeros del rey»22).

Sin embargo, “el estatus y las funciones de las mujeres fueron quedando más y más circunscritos a medida que el aparato estatal iba haciéndose más complejo”23). En Mesopotamia la subordinación femenina (en el contexto de la familia) se institucionaliza. Además, “se establece y regula la prostitución”24). También ocurre que la subordinación y discriminación de las mujeres se codifica en leyes25). De hecho, es en el código de Hammurabi donde se institucionaliza por primera vez la familia patriarcal. Más aún, “al ir en aumento la especialización del trabajo, las mujeres van quedando gradualmente excluidas de ciertas ocupaciones y profesiones. Tras la invención de la escritura y el establecimiento de una enseñanza formal, se impide a las mujeres un acceso igual a dicha educación. Las cosmogonías, que proporcionan los cimientos religiosos del Estado arcaico, subordinan las deidades femenina a los principales dioses masculinos y presentan mitos sobre los orígenes que legitiman el ascendiente masculino”26). Todo ello se encuentra anclado en las bases del sistema patriarcal.

La ideología del patriarcado no nace de la noche a la mañana sino a través de un proceso histórico paulatino en cuyas raíces encontramos las relaciones patriarcales entre los sexos asentadas en la familia patriarcal; a saber, dichas relaciones anteceden a la institucionalización del poder estatal. Se podría decir que “el dominio patriarcal pasó de la práctica privada a la ley pública. El control de la sexualidad femenina, que anteriormente tenían los maridos o los cabezas de familia, se ha convertido ahora en una cuestión regulada por el Estado”27). De ahí la legitimidad del lema contemporáneo: “Lo personal es político”.

La familia patriarcal

Por otro lado, sabemos que el desarrollo de las civilizaciones antiguas se debió, en gran parte, a la esclavitud. Pues bien, de acuerdo a las investigaciones de Lerner, la opresión de las mujeres antecede a la esclavitud. Dicho de otro modo, “la subordinación doméstica de las mujeres proporcionó el modelo a partir del cual se desarrollaría la esclavitud como una institución social28); inclusive, se advierte que “en cualquier sociedad conocida los primeros esclavos fueron las mujeres de los grupos conquistados” y que sus fines eran de carácter sexual29) (a los varones se les asesinaba). Y es que, “la sexualidad y el potencial reproductivo de las mujeres se convirtieron en una mercancía de intercambio o para ser adquirida, al servicio de las familias”30). En la actualidad, la apropiación de la capacidad reproductiva sigue presente con la figura de la gestación subrogada y con la criminalización del aborto.

Así pues, desgraciadamente, “la práctica de violar las mujeres de un grupo conquistado [fue y] ha seguido siendo un rasgo característico de las guerras y las conquistas desde el segundo milenio a.C. hasta el presente31). Como bien afirma Lerner, la violación hacia mujeres “constituye una práctica social que, igual que la tortura de los prisioneros, se ha resistido al <<progreso>>, a las reformas humanitarias y a las más sofisticadas consideraciones de orden ético y moral”32); se trata de una herramienta atroz anclada en el corazón de la ideología patriarcal ajena a toda compasión y respeto humano.

“Del mismo modo que la subordinación de las mujeres por parte de los hombres proporcionó el modelo conceptual para la creación de la esclavitud como institución, la familia patriarcal proporcionó el modelo estructural”, añado, del patriarcado.33).

Como ya se dijo, la familia patriarcal se institucionaliza en el código de Hammurabi. La ideología patriarcal irradia desde el interior de la familia patriarcal hacia lo público. Más aún, la posición social de las mujeres es determinada, muchas veces, por sus relaciones con otros hombres. En efecto, la posición social y por consiguiente la libertad de las mujeres se encontraba condicionada por la naturaleza de sus servicios sexuales prestados, a diferencia de los hombres, cuya posición de clase estaba determinada por sus relaciones con la propiedad y los medios de producción, principalmente. Luego entonces, a partir de este periodo las mujeres ostentan distintos privilegios y diferentes grados de libertad dependiendo de su papel asignado, el cual es determinado por sus relaciones con otros hombres; entre estos papeles encontramos el de madresposa34), la concubina, la prostituta, la viuda, la hija, la esclava. Pues bien, pasa que con la legislación mesoasiaria –en concreto con la ley del velo de 1250 a.C.–, se regula y legitima la división de las mujeres de acuerdo a su papel y clase social.

“La prostitución –se nos dice en la New Encyclopeadia Britannica– no ha sido, por lo que sabemos hasta el momento, un rasgo cultural universal. Raras veces se la encuentra entre las sociedades primitivas que se muestran permisivas en materia sexual, pues es innecesaria, mientras que en otras sociedades se la ha suprimido”35).

A través del artículo 40 de la Ley del Velo, el Estado controla la sexualidad femenina y su moralidad privada al distinguir entre las mal llamadas mujeres “no respetables” de las “respetables”. La Ley obligaba a las mujeres “respetables” a cubrirse con el velo mientras que castigaba a las prostitutas y esclavas que se cubrían. De acuerdo a la autora, “la esposa, la concubina o la hija virgen velada era visiblemente reconocible por cualquier hombre como mujer bajo la protección de otro hombre. Por tanto, era inviolable e inviolada. A la inversa, la mujer sin velo quedaba registrada como desprotegida y por consiguiente era un bonito juguete para cualquier hombre”36). Esta división entre mujeres “públicas” y mujeres “privadas” persiste hasta nuestros días y, además, es vista como algo natural.

“Es probable que la prostitución comercial descendiera en línea directa de la esclavización de mujeres y de la consolidación y formación de clases”37).

Esclavitud de mujeres

Con la institucionalización de la prostitución, la virginidad de las mujeres se convirtió “en una baza económica para su familia”38). También, se empezó a ver a la prostitución como un mal necesario para satisfacer las necesidades de los hombres. Además, se abrió una gran brecha entre las llamadas mujeres “respetables” de las “no respetables”. De igual manera, esta brecha continúa hasta nuestro presente.

“La división de las mujeres entre <<respetables>>, protegidas por sus hombres, y <<no respetables>>, que viven en la calle sin protección masculina y que son libres de vender sus servicios, ha sido la distinción de clases fundamental entre mujeres. Ha separado los limitados privilegios de las mujeres de clase alta frente a la opresión económica y sexual de las de clase baja y ha distanciado a unas de otras. Históricamente, ha impedido realizar alianzas entre mujeres por encima de las clases y ha obstaculizado la formación de una conciencia femenina”39).

En el ámbito religioso, durante los períodos neolítico y calcolítico se rindió culto a la gran Diosa-madre y a las diosas de la fertilidad femenina. A propósito, Lerner señala que “el sistema de creencias manifestado en el culto a la gran diosa era monista y animista. Existía una unión entre la tierra y las estrellas, los humanos y la naturaleza, el nacimiento y la muerte, todo lo cual se encontraba en la gran diosa. Así pues, en las primeras fases que se conocen de cultos religiosos, se reconocía la fuerza femenina como imponente, poderosa y trascendental”40). Pero es que, además, seguían existiendo dioses masculinos a los que venerar.

Catal Huyuk_Diosa_Madre

Diosa-Madre (Catal Hüyuk)

“Durante el segundo milenio a.C., hombres y mujeres mantenían la misma relación con las misteriosas y poderosas fuerzas representadas por los dioses y las diosas. Todavía no se utilizaban las diferencias de género para explicar el origen del mal y el problema de la mortalidad. La causa del dolor y el sufrimiento humanos era la depravación de hombres y mujeres y el olvido de sus obligaciones para con los dioses. Y el reino de la muerte, en las creencias mesopotámicas, podía ser gobernado tanto por un ser sobrenatural femenino como no. A las grandes cuestiones filosóficas de quién crea la vida humana y quién habla con Dios, todavía se podía responder: los seres humanos, hombres y mujeres41) […]

“Había una igualdad perceptible y básica de los seres humanos ante los dioses que debía irradiar a la vida diaria. El poder y el misterio que rodeaban a la sacerdotisa eran tan grandes como los del sacerdote. Mientras las mujeres todavía hacían de intermediarias entre los humanos y lo sobrenatural, aunque representaran funciones o papeles diferentes a los de lo hombres en la sociedad, su igualdad básica en tanto que seres humanos permanecía intocable”42).

Isthar Diosa de la Fertilidad

Isthar. Diosa de la fertilidad

No obstante, con la invención de la escritura, la creación de sistemas simbólicos, la capacidad de nombrar, la habilidad de guardar registros y el uso del pensamiento matemático que, en conjunto, exacerbaron el poder creativo y abstracto de los seres humanos, se produce un cambio: en la medida en que se conceptualiza un poder simbólico creativo la diosa-madre pierde supremacía. Ello, allanó el terreno para el monoteísmo hebreo; “hasta que las personas no pudieron imaginarse un poder abstracto, invisible e insondable, personificado por ese <<espíritu creador>>, no pudieron reducir sus incontables, antropomorfizados y conflictivos dioses y diosas a un único Dios”43). Frente a esto, la diosa-madre es relegada a un segundo plano.

Posteriormente, en la legislación judía el lugar de la mujer fue en detrimento a diferencia del lugar que las leyes hammurábicas le concedían en ámbitos como el divorcio y la violación. El trabajo de Gerda Lerner nos da muchos ejemplos al respecto44), y concluye que, por ello, “no fue inevitable el surgimiento de una clase sacerdotal integrada solo por varones… “. Más aún, menciona que “este nuevo orden bajo un Dios todopoderoso proclamaba a los hebreos y a todos aquellos que siguieran la guía moral y religiosos de la Biblia, que las mujeres no puede hablar con Dios45). Esta tradición judeo-cristiana que niega el sacerdocio a las mujeres continúa hasta nuestros días y se presenta como algo que proviene de la voluntad divina.

Solo los hombres podían hacer de mediadores entre Dios y los humanos. Ello quedaba simbólicamente expresado en la existencia de un clero formado exclusivamente por hombres, en las diversas formas de apartar a las mujeres de los ritos religiosos más importantes y significativos como, por ejemplo, excluirlas de la formación del minyan, asientos separados en el templo, apartarlas de la participación activa en el servicio al templo, etc. Se les negó un acceso igualitario a la enseñanza religiosa y el sacerdocio, y con ello se les denegó la capacidad de interpretar y modificar el sistema de creencias religioso»46).

Sin duda, la Biblia es un libro que guarda muchas de las metáforas y definiciones del género, las cuales muchas veces reflejaron las condiciones de las mujeres en la sociedad hebrea47). A propósito y en palabras de la historiadora, “las metáforas sobre el género más influyentes presentes en la Biblia han sido las de la Mujer, creada de la costilla del Hombre, y Eva, la tentadora que provoca la pérdida de gracia de la humanidad. Durante dos milenios se las ha citado como prueba del apoyo divino a la subordinación de las mujeres. Como tales, han ejercido gran influencia en la definición de los valores y las prácticas relativas a las relaciones de género”48). Aunque hay al menos dos versiones contradictorias que interpretan el Génesis, una es la que se ha impuesto: “Dios crea a Eva a partir de la costilla de Adán”. Otra versión, es que “la palabra hebrea adám, que significa género humano, equivale al término genérico de humanidad, que incluye a hombres y mujeres”. Por tanto, para esta otra interpretación que se le da al Génesis, Dios creó al hombre y a la mujer por igual49). Sin embargo, “durante cientos de años se ha interpretado en su sentido más literal la creación de la mujer a partir de la costilla de Adán para indicar que la inferioridad de las mujeres tiene una procedencia divina”50). ¿Cuál ha sido el alcance de creer, durante tanto tiempo, que la mujer es un ser incompleto?

“Rachel Speght, una niña de 16 años, en 1617 pronunció, a la mujer “no se la formó del pie de Adán para que fuera inferior a él, ni de su cabeza para ser su superior, sino de su costado, cerca del corazón, para que fuera su igual”51).

También, observamos que a la pregunta “¿Quién crea la vida? […] el Génesis responde: Yahvé y el varón que Él ha creado a su imagen”. Ante esta cosmovisión, Él (Dios masculino) “creó al hombres y a la mujer de una forma significativamente distinta, a partir de sustancias diferentes, aunque animara a ambos con su aliento divino. Pactó e hizo un contrato solo con los varones. La circuncisión como símbolo de la alianza expresaba esta realidad”52). En la actualidad, algunas corrientes equiparan la ablación o la mutilación genital femenina con la circuncisión de los hombres, cuando realmente el origen, los motivos y los efectos de la circuncisión fueron y siguen siendo otros.

Creación de Adan de Miguel Ángel

“Las consecuencias de la transgresión de Adán y Eva [al morder el fruto prohibido] caen con distinto peso sobre la mujer. La consecuencia del conocimiento sexual es separar la sexualidad femenina de la procreación. Dios pone enemistad entre la serpiente y la mujer (Génesis 3, 15). En el contexto histórico de la época en que se redactó el Génesis, la serpiente estaba claramente asociada a la diosa de la fertilidad y era su representación simbólica. De esta manera, por mandato divino, la sexualidad libre y abierta de la diosa de la fertilidad le iba a ser prohibida a la mujer caída. La maternidad sería la forma en que encontraría expresión de su sexualidad. Por tanto, se detenía dicha sexualidad como servicio a su papel de madre y estaba limitada a dos condiciones: ella tenía que estar subordinada al marido y pariría sus hijos con dolor”53).

En el génesis se separa el concepto de creación (reservado a un Dios masculino) del concepto de procreación (destino de las mujeres). Entonces, ¿quién creó la vida? En el Antiguo Testamento encontramos que el Dios masculino creó la vida y que solo los hombres pueden fungir como intermediarios ante él. Y no solo eso, sino que la simiente varón era la receptora de la bendición divina, mientras que el útero se consideraba un receptáculo pasivo, vamos, como una vasija. En contraste, surge la pregunta “¿quién trajo el mal y la muerte al mundo?” De acuerdo al Libro del Génesis –y siguiendo con la investigación de Lerner–, “la mujer en su alianza con la serpiente, que representa la libre sexualidad femenina”54). Estas metáforas contribuyeron a definir los géneros de manera contrapuesta y jerárquica. Así, las mujeres fueron excluidas de la definición e interpretación de sistema de símbolos –acogidos como de carácter universal– que intentan explicar el mundo y el universo.

Libro del Génesis

“El desarrollo del monoteísmo en el Libro del Génesis supuso un paso enorme de los seres humanos hacia el pensamiento abstracto y la definición de símbolos con carácter universal. Es un trágico accidente de la historia que este avance se produjera en una sociedad y bajo unas circunstancias que reforzaron y reafirmaron el patriarcado. Así es que el proceso de creación de símbolos ocurrió de tal modo que marginó a las mujeres. Para estas, el Libro del Génesis representó su definición como criaturas diferentes en esencia a los hombres; una redefinición de su sexualidad como beneficiosa y redentora solo dentro de los límites fijados por el dominio patriarcal; y por último el reconocimiento de estar excluidas de representar de forma directa el principio divino. El peso de la narración bíblica parece decreta que por deseo de Dios las mujeres estaban incluidas en la alianza de Él solo gracias a la mediación de los hombres. Este es el momento histórico en que muere la diosa-madre y se la sustituye por el Dios padre y la madre metafórica bajo el patriarcado”55).

Ahora bien –en este punto y siguiendo con el hilo conductor de Gerda Lerner-, me situaré en la Grecia antigua para decir algo referente a Aristóteles, quien es considerado el padre de la filosofía occidental. Es un hecho que para Aristóteles el espíritu era más importante que la materia. La cuestión cobra relevancia cuando observamos que el filósofo atribuía una esencia divina solo a lo masculino, mientras que a las mujeres las equiparaba con la materia, una materia sin ánima y sin ese componente divino.

“En su explicación del origen de la vida humana tres de las cuatro causas de ser eran atribuidas a la contribución masculina en la procreación (al semen), mientras que la cuarta y menos importante, lo material, era la contribución femenina. Aristóteles negó incluso que el semen aportara un componente material al embrión; entendía su contribución como algo espiritual y por tanto <<más divina>>. <<El primer principio del movimiento, o causa eficiente, según el cual lo que cobra vida es masculino, es mejor y más divino que el material por el cual es femenino>>”56). […] “En una analogía que hizo más tarde describía el proceso [de creación] como un artesano que fabrica una cama con madera o una pelota de cera, en la que el artesano presumiblemente era el varón y la sustancia material correspondía a la contribución femenina”. Inclusive, Aristóteles “explica que un exceso del principio femenino es lo responsable del nacimiento de monstruos”57).

Estas referencias que hace Aristóteles del género no son puntuales, sino que se encuentran en todo su legado. El gran filósofo de la antigüedad insistía en que la mujer era inferior al hombre e intentaba justificarlo con elucubraciones58). En contraste, Sócrates [quien como sabemos fue profesor de Platón] sí que defendió la igualdad entres hombres y mujeres59). Sin embargo, para Aristóteles tuvieron gran influencia las ideas de Platón referentes a la división de nuestra realidad en su teoría que separaba al mundo en espíritu y materia; aunque eso sí, a Platón no se le considera un misógino. Lo importante aquí es vislumbrar el gran impacto que tuvieron las ideas del género de Aristóteles en la filosofía, la política y la civilización occidental. Como ya vimos, estas definiciones del género femenino fundamentaron la subordinación e inferioridad de las mujeres en la divinidad y en la naturaleza humana, e incluso se les llegó a atribuir un fundamento natural e inmutable.

“Hemos visto cómo las metáforas del género han representado al varón como la norma y a la mujer como la desviación; el varón como un ser completo y con poderes, la mujer como ser inacabado, mutilado y sin autonomía. Conforme a estas construcciones simbólicas, fijadas en la filosofía griega, las teologías judeocristianas y la tradición jurídica sobre las que se levanta la civilización occidental, los hombres han explicado el mundo con sus propios términos y han definido cuáles eran las cuestiones de importancia para convertirse así en el centro del discurso”60).

Por otro lado, coincido con la autora en que el patriarcado que se ha instalado durante los últimos milenios tiene un rostro paternalista; aunque es cierto que existen distintos tipos de patriarcados (por ejemplo los patriarcados de coacción y los del consentimiento, de acuerdo a la clasificación que hace Alicia Puleo). Y si bien los sistemas patriarcales cuentan con características propias –que pueden variar o mutar de acuerdo al lugar y circunstancias–, en términos generales podríamos decir que una característica que hasta hoy ha distinguido al patriarcado es que se trata de un sistema que funciona gracias a la cooperación de las mujeres, y en el que la dominación queda mitigada por las obligaciones recíprocas, aunque inequitativas e injustas.

“Las mujeres han participado durante milenios en el proceso de su propia subordinación porque se las ha moldeado psicológicamente para que interioricen la idea de su propia inferioridad. La ignorancia de su misma historia de luchas y logros ha sido una de las principales formas de mantenerlas subordinadas”61).

Por ejemplo, “el dominado cambia sumisión por protección, trabajo no remunerado por protección”62). Pero, ¿a qué precio? Las mujeres que –de manera implícita y a veces involuntaria– han suscrito este pacto social pagan el precio de permanecer invisibilizadas de las esferas económica y política. Esto conlleva a que no accedan –de primera mano– a protecciones económicas y sociales, ni que obtengan reconocimiento público. En estos casos, el papel de las mujeres se limita a ser desempeñado en el ámbito privado. Y por supuesto, cargar con este estigma ha afectado y sigue afectando el autoestima de las mujeres.

“La negación a las mujeres de su propia historia ha reforzado que aceptasen la ideología del patriarcado y ha minado el sentimiento de autoestima de cada mujer. La versión masculina de la historia, legitimada en concepto de <<verdad universal>>, las ha presentado al margen de la civilización y como víctimas del proceso histórico. Verse presentada de esta manera y creérselo es casi peor que ser del todo olvidada”63).

No obstante, ya sabemos que las mujeres sí que hemos participado en la construcción de la civilización, cosa muy distinta fue que durante muchos milenios no fuimos consideradas como sujetos activos de la historia, y que tampoco nuestras experiencias fueron tildadas de trascendentes. Más aún, se nos negó participar en la creación de los principales sistemas de pensamiento, de ideas, de símbolos y de definiciones que –en conjunto– sentaron las bases para interpretar y configurar el mundo. Por eso, no basta que las mujeres nos incorporemos a un sistema que desde sus orígenes se ha erigido sobre una base predominantemente patriarcal. Lo que hemos de hacer –si es que nos tomamos la igualdad en serio– es corregir la falacia androcéntrica y otros sesgos que reproducen la desigualdad, así como la dominación de personas y animales; para esto es necesario (al menos en lo que toca a la emancipación del colectivo femenino) lo siguiente:

  • Ser conscientes de que durante mucho tiempo a las mujeres se nos privó de la educación, y aunque no aparecimos en la historia como sujetos activos sí que la construimos. Al mismo tiempo, se nos negó participar en la creación de los principales sistemas de pensamiento, de símbolos y de definiciones que serían declarados de carácter universal. En dichos sistemas los hombres fueron los principales actores en sus discursos, mientras que las experiencias de las mujeres fueron relegadas a una categoría inferior en tanto que guardaban una estrecha relación con la satisfacción de las necesidades básicas y, por tanto, con el reino de lo natural y la intrascendencia. Aquí, sirven de apoyo las palabras de Lerner: “¿puede alguien generalizar cuando lo concreto le está tirando de la manga? Él es quien fabrica símbolos y explica el mundo y ella quien cuida de las necesidades físicas y vitales de él y sus hijos: el abismo que media entre ambos es enorme”64). Por lo que hay que acortar ese abismo.
  • Conocer la historia de las mujeres y empezar a definir e interpretar el saber humano a partir de las experiencias de todos los seres humanos; así como también, “participar de pleno en el proceso de creación de los sistemas de pensamiento”65), sin que nos importe agradar a los demás.
  • La “reestructuración radical del pensamiento y el análisis” en el entendido de que “las experiencias, los pensamientos, y las ideas de [todxs] han de estar representados en cada una de las generalizaciones que se haga sobre los seres humanos”66).
  • Poner en el centro las experiencias de las mujeres y universalizar aquellas prácticas que son necesarias para mantener de manera digna la vida en el tiempo y espacio, como es el cuidado de personas dependientas.
  • Emanciparnos y liberar nuestras mentes del pensamiento patriarcal, no importa nuestro sexo o género, solo así podremos aspirar a un mundo que sea verdaderamente humano.

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Por último, Gerda Lerner nos proporciona un catálogo de definiciones dirigidas a explicar la condición histórica de las mujeres. Al respecto, es interesante resaltar que el término <<opresión>> denota victimización y subordinación por la fuerza. Sin embargo, aunque se afirme que “las mujeres han estado victimizadas en algún aspecto de su existencia”67), su situación es tan compleja que no se podría explicar simplemente con el término de <<opresión>>. Por supuesto, ha habido opresión, pero la condición histórica de las mujeres abarca mucho más. No olvidemos que las mujeres también han fungido como agentes y sujetos co-creadores de la civilización, y que han participado –aunque sea de manera pasiva– en su subordinación. Esto se explica así porque han aceptado, interiorizado y reproducido un sistema de sexo-género que las desfavorece.

De ahí que Lerner opte por emplear el término subordinación en tanto que “incluye la posibilidad de la aceptación voluntaria del estatus de subordinación a cambio de protección y privilegios condición que tanto caracteriza la experiencia histórica de las mujeres”68). Aunque no todo ha sido subordinación e inconsciencia. La toma de conciencia colectiva de las mujeres respecto a su condición de subordinación ha tomado forma de movimiento y teoría crítica, es el llamado feminismo. Y aquí, la autora diferencia entre “los derechos de las mujeres “ y “el concepto de emancipación de la mujer”69). El primero aboga porque las condiciones, oportunidades, privilegios y derechos de las mujeres se igualen al de los hombres, mientras que la emancipación de la mujer exige la necesidad de un cambio social radical del sistema, incluyendo sus instituciones y valores.

“Emancipación de las mujeres significa: libertad frente a las restricciones opresivas que impone el sexo [o sea libertad de las restricciones biológicas y sociales]; autodeterminación; y autonomía”70).

“Autodeterminación: ser libre para decidir el propio destino; ser libre para decidir el papel social que se quiere; tener la libertad de tomar las decisiones que conciernen al cuerpo de cada una»71).

“Autonomía: Autonomía significa obtener un estatus propio y no el de haber nacido en o estar casada con; significa independencia económica; libertad para escoger el estilo de vida y las inclinaciones sexuales”72).

Girl Power


HIPÓTESIS DE GERDA LERNER73).

A) “La sexualidad de las mujeres, es decir, sus capacidades y servicios sexuales y reproductivos, se convirtió en una mercancía antes incluso de la creación de la civilización occidental”74). “La apropiación por parte de los hombres de la capacidad sexual y reproductiva de las mujeres ocurrió antes de la formación de la propiedad privada y de la sociedad de clases. Su uso como mercancía está, de hecho, en la base de la propiedad privada”.

B) “Los Estados arcaicos se organizaron como un patriarcado; así que, desde sus inicios, el Estado tuvo un especial interés por mantener la familia patriarcal”.

C) “Los hombres aprendieron a instaurar la dominación y la jerarquía sobre otros pueblos gracias a la práctica, que ya tenían, de dominar a las mujeres de su mismo grupo.  Se formalizó con la institucionalización de la esclavitud, que comenzaría con la esclavización de las mujeres de los pueblos conquistados”.

D) “La subordinación sexual de las mujeres quedó institucionalizada en los primeros códigos jurídicos y el poder totalitario del estado la impuso”.

E) “Entre los hombres, la clase estaba y está basada en su relación con los medios de producción: quienes poseían los medios de producción podían dominar a quienes no los poseían. Para las mujeres, la clase estaba mediatizada por sus vínculos sexuales con un hombre, quien entonces les permitía acceder a los recursos materiales. La separación entre mujeres <<respetables>> (es decir, ligadas a un hombre) y <<no respetables>> (es decir no ligadas a un hombre o totalmente libres) está institucionalizada en las leyes concernientes a cubrir con velo la figura femenina”.

F) “Mucho después de que las mujeres se encontraran sexual y económicamente subordinadas a los hombres, aún desempeñaban un papel activo y respetado al mediar entre los humanos y los dioses en su calidad de sacerdotisas, videntes, adivinadoras y curanderas. El poder metafísico femenino, en especial el poder de dar vida, era venerado por hombres y mujeres en forma de poderosas diosas mucho después de que las mujeres estuvieran subordinadas a los hombres en casi todos los aspectos de su vida terrenal”.

G) “El derrocamiento de esas diosas poderosas y su sustitución por un dios dominante ocurre en la mayoría de las sociedades del Próximo Oriente tras la consolidación de una monarquía fuerte e imperialista… se separa la sexualidad (erotismo) y la procreación con la aparición de una diosa distinta para cada función y la diosa madre se transforma en la esposa o consorte del principal dios masculino”.

H) “Los datos arqueológicos han confirmado la generalización del culto a la diosa-madre durante los períodos neolítico y calcolítico”75).  Sin embargo, “el resurgimiento del monoteísmo hebreo supondrá un ataque a los numerosos cultos a las distintas diosas de la fertilidad. En el relato del libro del Génesis, se atribuyen el poder de creación y el de procreación a un dios todopoderoso, cuyos epítetos de <<Señor>> y <<Rey>> lo identifican como un dios masculino que asocia toda sexualidad femenina, que no sea con fines reproductores, al pecado y al mal”.

I) Con el establecimiento de la comunidad de la alianza, el simbolismo básico y el contrato real entre Dios y la humanidad dan por hecha la posición subordinada de las mujeres y su exclusión de la alianza metafísica y la comunidad terrenal de la alianza. Su única manera de acceder a Dios y a la comunidad santa es a través de su papel de madres”.

J) “Esta devaluación simbólica de las mujeres en relación con lo divino pasa a ser una de las metáforas de base de la civilización occidental. La filosofía aristotélica proporcionará la otra metáfora de base al dar por hecho que las mujeres son seres humanos incompletos y defectuosos, de un orden totalmente distinto a los hombres”.


16 CITAS QUE HAY QUE LEER DE «LA CREACIÓN DEL PATRIARCADO».

“El patriarcado es una creación histórica elaborada por hombres y mujeres en un proceso que tardó casi 2,500 años en completarse. La primera forma del patriarcado apareció en el Estado arcaico. La unidad básica de su organización era la familia patriarcal, que expresaba y generaba constantemente sus normas y valores”76).

“Hombres y mujeres han sido excluidos y discriminados a causa de su clase. Pero ningún varón ha sido excluido del registro histórico en razón a su sexo”77).

“Las mujeres somos mayoría y en cambio estamos estructuradas en las instituciones sociales como si fuésemos una minoría”78).

“El patriarcado es un sistema histórico, es decir, tiene un inicio en la historia. Si es así, puede acabarse gracias al proceso histórico. Si el patriarcado fuera <<natural>>, es decir, que estuviera basado en un determinismo biológico, entonces cambiarlo supondría modificar la naturaleza”79).

“Independientemente de si cualidades como la agresividad o el cuidado de los hijos se transmiten genética o culturalmente, es obvio que la agresividad masculina, que pudo ser muy funcional durante la Edad de Piedra, es una amenaza a la supervivencia de la humanidad en la era nuclear80).

“Desde sus inicios en la esclavitud, la dominación de clases adoptó formas distintas en los hombres y las mujeres esclavizados: los hombres eran explotados principalmente como trabajadores; las mujeres fueron explotadas como trabajadoras, como prestadoras de servicios sexuales y como reproductoras81).

“La historia de la civilización es la historia de los hombres y las mujeres que hacen frente a las necesidades, desde su desvalida dependencia de la naturaleza, hacia la libertad y el dominio parcial sobre aquella. En esta lucha las mujeres se encontraban más afectadas por las actividades esenciales de la especie que los hombres y eran, por tanto, más vulnerables a quedar en una disposición ventajosa. Mi argumento distingue claramente entre la necesidad biológica, a la cual hombres y mujeres se sometían y adaptaban, y las costumbres e instituciones de origen cultural, que forzaron a las mujeres a desempeñar papeles subordinados»82).

“Sabemos que las construcciones mentales generalmente provienen de algún modelo de la realidad y que son una ordenación nueva de las experiencias pasadas. Esta experiencia, al alcance de los hombres antes de la invención de la esclavitud, era la subordinación de las mujeres de su propio grupo. La opresión de las mujeres antecede a la esclavitud y la hace posible. Al experimentar la esclavitud de las mujeres y de los niños, los hombres aprendieron que todos los seres humanos poseen la capacidad de tolerarla y desarrollaron las técnicas y formas de esclavización que les permitirían transformar su absoluta dominación en una institución social”83).

«Mientras que la posición de clase de los varones empezaba a consolidarse y definirse a través de sus relaciones con la propiedad y los medios de producción, la posición de clase de las mujeres quedó definida a través de sus relaciones sexuales«. […] «Es un principio que ha seguido teniendo validez durante miles de años». “De esta manera, la posición de clase de las mujeres quedó definida desde un principio de un modo distinto a los hombres”84).

«La sociedad patriarcal se caracteriza por la patrilinealidad, leyes de propiedad que garantizaban los derechos hereditarios de los hijos varones, la dominación masculina en las relaciones sexuales y de propiedad y en la burocracia militar, política y religiosa. Estas instituciones eran respaldadas por la familia patriarcal que a su vez las recreaba continuamente»85).

«Las mujeres desempeñaban una parte cada vez más importante en la economía familiar: no solo como productoras de bienes económicos, reproductoras y cuidadoras de niños y trabajadoras domésticas, sino también como personas cuyos servicios sexuales se transformaron en una mercancía comercial. Lo que se cosificaba eran los servicios sexuales y reproductores de las mujeres, no a ellas en sí»86).

“El código de Hammurabi señala el comienzo de la institucionalización de la familia patriarcal como uno de los aspectos del poder del Estado”. […] “El Estado arcaico se conforma y se desarrolla bajo la forma del patriarcado. Con el artículo 40 de la LMA, el Estado ha tomado el control de la sexualidad femenina, que hasta el momento había estado en manos de los cabezas de familia o los parientes masculinos. A partir de 1250 a.C., desde el velamiento en público a la regulación por parte del estado del control de la natalidad y los abortos, el control sexual de las mujeres ha sido la característica fundamental del poder patriarcal”87).

“En las narraciones bíblicas se consideraba a las mujeres legal y económicamente inferiores a los hombres y que ello reflejaba las verdaderas condiciones existentes en la sociedad hebrea”. […] Las pocas mujeres a las que se menciona por su papel heroico y respetado se ven abrumadoramente superadas por el gran número de mujeres a las que se describe en cometidos serviles, sumisos y subordinados. Pisamos terreno más firme cuando observamos que el texto del Antiguo Testamento demuestra la restricción gradual del papel público y económico de las mujeres, una reducción de sus funciones religiosas y una progresiva regulación de su sexualidad a medida que las tribus judías pasan de ser una confederación a un Estado”88).

“La hegemonía masculina en el sistema de símbolos adoptó dos formas: la privación de educación a las mujeres y el monopolio masculino de definiciones”. […] “Pero el dominio masculino de las definiciones ha sido deliberado y generalizado, y la existencia de unas mujeres muy instruidas y creativas apenas ha dejado huella después de cuatro mil años”89).

«En la civilización occidental y hasta la Reforma protestante, ninguna mujer, y no importa su posición elevada ni sus privilegios, podía sentir que se reforzaba y confirmaba su humanidad imaginándose a personas como ella –otras mujeres– en puestos con autoridad intelectual y en relación directa con Dios»90).


¡Gracias Gerda Lerner!

Notas bibliográficas   [ + ]

1. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, trad. Mónica Tusell, segunda ed., Ed. Katakrak, Pamplona, 2017, p. 339.
2. Ibídem, p. 28.
3, 77. Ibídem, p. 29.
4, 7, 32, 55, 68, 71, 72, 78. Ídem.
5. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 343.
6. Ibídem, p.31
8. El proceso histórico por el que se institucionalizó el patriarcado quedó manifiesto en: “cambios en la organización del parentesco y en las relaciones económicas; instauración de las burocracias religiosa y estatal; y en ascensión de los dioses masculinos”, principalmente. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 32.
9. Ibídem, pp. 31-32.
10. Ibídem, p. 33.
11. Ibídem, p. 82.
12. Ibídem, p. 45
13. Ibídem, p. 44.
14. Sin embargo, de acuerdo a Engels, con el desarrollo del Estado, la familia monógama se transformó en la familia patriarcal, en la que el trabajo de la esposa “pasó a ser un servicio privado y la esposa se convirtió en la principal sirvienta, excluida de participar en la producción social”. Ibídem, p. 52.
15. Ibídem, p. 83.
16. Ibídem, p. 65.
17. “La matrilocalidad estructura de tal modo el parentesco que un hombre abandona su familia de origen para ir a residir con su esposa o la familia de ella. La patrilocalidad estructura de tal modo el parentesco que una mujer ha de abandonar a su familia de origen y residir con su esposo o la familia de él”. “Aproximadamente en el momento en que la caza y recolección o la horticultura dan paso a la agricultura, los sistemas de parentesco tienden a pasar de la matrilinealidad a la patrilinealidad y surge la propiedad privada”. “Las primeras sociedades fueron a menudo matrilineales y matriarcales, mientras que las últimas sociedades sobrevivientes eran predominantemente patrilineales y patriarcales”. “No existen en ningún lugar pruebas de un proceso contrario, que pase de la patrilinealidad a la matrilinealidad”. Ibídem, pp. 89 y 97.
18. Ibídem, p. 51.
19. Ibídem, p. 75.
20. Ibídem, p. 95.
21. Ibídem, p. 97.
22. Ibídem, p. 120.
23. Ibídem, p. 121.
24. “Las esclavas babilonias podían también ser alquiladas como prostitutas a un precio fijado, a veces al propietario de un burdel, a veces a clientes privados, y el amo se quedaba con el pago. Esta práctica estaba extendida por todo el Próximo Oriente, Egipto, Grecia y Roma, durante la Antigüedad: de hecho, en cualquier lugar donde existiera la esclavitud”. Ibídem, p. 147.
25. Conforme a los estudios de la historiadora Gerda Lerner, “de las 282 leyes que tiene el código de Hammurabi, 73 se ocupan de temas relacionados con el matrimonio y cuestiones sexuales. De las 112 leyes mesoasirias que nos han llegado, unas 59 tratan de lo mismo…resulta sorprendente el fuerte hincapié que se hace sobre la regulación legal del matrimonio y la conducta femenina”. Ibídem, p. 169.
26. Ibídem, pp. 99-100
27. Ibídem, p. 199.
28. Ibídem, pp. 164 y 320.
29. De acuerdo a las investigaciones de Lerner, “según una autoridad en el tema, el signo que significa <<esclava>> aparece antes que el de <<esclavo>>. (Adams, Urban Society, p.96). Ello hablaría en favor del hecho que las mujeres, mayoritariamente prisioneras de guerra extranjeras, fueron reducidas a la esclavitud antes que los hombres”. Ibídem, p. 146.
30. Ibídem, p. 133.
31. Ibídem, p. 137.
33. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 150.
34. Término utilizado por Marcela Lagarde.
35. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 201.
36. Ibídem, p. 222.
37. “Las conquistas militares llevaron, en el tercer milenio a.C., a la esclavitud y los abusos sexuales de las cautivas. Cuando la esclavitud pasó a ser una institución establecida, los propietarios de esclavos alquilaban a sus esclavas como prostitutas y algunos montaban burdeles comerciales con sus esclavas de personal. La facilidad con que se podía disponer de cautivas para un uso sexual privado y la necesidad que tengan monarcas y caudillos, con frecuencias usurpadores, de establecer su legitimidad exhibiendo su riqueza en forma de sirvientas y concubinas llevó a la creación de los harenes. Estos, a su vez, se convirtieron en un símbolo de poder codiciado por los aristócratas, burócratas y hombres ricos… A mediados del segundo milenio a.C., la prostitución estaba firmemente establecida como una ocupación posible para las hijas de los pobres”. Ibídem, p. 215.
38. Ibídem, p. 215.
39. Ibídem, p. 223
40. Ibídem, p. 236.
41. ((Ibídem, pp. 249-250.
42. Ídem
43. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 236.
44. De acuerdo a la historiadora, “el marido podía divorciarse, aunque se le imponía una sanción económica, pero la mujer nunca. A este respecto la legislación judía iba en mayor detrimento de la mujer que las leyes hammurábicas. Lo mismo puede decirse de la legislación relativa a la violación, en la que las leyes mesopotámicas brindaban una mayor protección a la mujer. La ley judía forzaba al violador a casarse con la mujer que había violado y especifica que no podía divorciarse de ella. Implícitamente, ello obligada a una mujer a contraer matrimonio indisoluble con su violador (Deuteronomio 22,28-29)”. Ibídem, p. 263.
45. Ibídem, p. 274.
46. Ibídem, p. 303.
47. Ibídem, pp. 251 y ss.
48. Ibídem, p. 278.
49. Ibídem, pp. 278 y 279.
50. Ibídem, p. 279.
51. Rachel Speght, A mouzell for Melastomus, the Cynical Bayter and foule-mouthed Barker against Evah’s Sex, Londres, 1617.
52. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 303.
53. Esta “otra vertiente de la ciencia es el conocimiento sexual”; Y “queda patente en la frase que describe una de las consecuencias de la caída: <<y se dieron cuenta de que estaban desnudos>>” (Génesis 3,7). Ibídem, p. 297.
54. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 299.
56. The works of Aristotle, trad. de J.A. Smith y W.D. Ross, Oxford, 1912, De Generatione Animalium, II, 1 (732a, 8-10). Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 310.
57. Ibídem, p. 311.
58. Ibídem, p. 312.
59. Ibídem, p. 315.
60. Ibídem, pp. 328-329.
61. Ibídem, p. 327.
62. Ibídem, p. 325.
63. Ibídem, p. 332.
64. Ibídem, p. 334.
65. Ibídem, p. 337.
66. Ibídem, p. 329.
67. Ibídem, p. 345
69. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 347.
70. Ibídem, p. 348.
73. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 335
74. Ibídem, p. 320.
75. Ibídem, p. 232.
76. Ibídem, p. 319.
79. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 31.
80. Ibídem, p. 49.
81. Ibídem, p. 322.
82. Ibídem, p. 96.
83. Ibídem, pp. 133, 137-138.
84. Ibídem, pp. 159, 174 y 200.
85. Ibídem, p.174.
86. Ibídem, pp. 182-183.
87. Ibídem, pp. 223 y 224.
88. Ibídem, pp. 236, 271, 272.
89. Ibídem, p. 328.
90. Gerda LERNER, La creación del patriarcado, op. cit., p. 332.