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Hace poco menos de 500 años se creía que la tierra era el centro del universo y que el sol y los demás planetas giraban alrededor de ella. La cosmología aristotélica geocéntrica –la cual se basaba en el modelo matemático de Ptolomeo1)– concebía a un universo limitado, esférico y con diversos estratos jerarquizados2). Así, esta visión del mundo fue compatible con la teología cristiana3): la Tierra y el hombre como centros del universo. De hecho, la filosofía griega y la teología judeocristiana son las dos principales corrientes de las que bebe el pensamiento predominante sobre la visión del mundo durante el medievo. Esto lo explica el filósofo Edwin Burtt:

“Para la Edad media el hombre era el centro del universo en todo sentido. Se suponía que el mundo de la naturaleza en su totalidad estaba teológicamente subordinado a él y a su destino eterno. Los dos grandes movimientos que se unieron en la síntesis medieval, la filosofía griega y la teología judeocristiana, habían llevado irresistiblemente hacia esta convicción. La visión del mundo dominante en este período estaba caracterizada por una profunda y persistente convicción de que el hombre, con sus ideales y esperanzas, era el hecho más importante y aun dominante del universo”4).

La influencia de la teoría geocéntrica de Aristóteles abarcó más de quince siglos y estuvo vigente aún después de publicarse, en 1543, la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico en su obra «De Revolutionibus orbium caelestium, libri VI». Con la teoría heliocéntrica de Copérnico la cosmovisión cosmológica de occidente daría un “Giro Copernicano”5); dos siglos más tarde Kant la denominaría “la Revolución copernicana” 6). Para seguir los pasos de estas transformaciones a continuación nos adentraremos en el Humanismo Renacentista.

De los hechos más significativos que sentaron las bases para la transformación científica y humanista durante el Renacimiento, interesa mostrar las implicaciones que la teoría heliocéntrica tuvo en la imagen del Universo. Evidentemente, la principal consecuencia fue romper con las bases de la cosmovisión aristotélica. En opinión de Carlos Mínguez: “Copérnico… sólo representa para la mayor parte de historiadores de la ciencia la cumbre de la crítica al Medievo, sin destruir sus estructuras básicas; supone el rechazo al aspecto geocéntrico del cosmos de Aristóteles”7). Y si miramos el telón de fondo, este rechazo también significó poner contra las cuerdas la visión antropocéntrica del pensamiento cristiano y algo más.

Con el sistema heliocéntrico el ser humano ya no era el centro del Universo, con lo cual perdía su “sensación de arropamiento por parte de las cosas teleológicamente creadas para su servicio”8). Más aún, al desmoronarse la jerarquía de los mundos, también las estructuras sociales medievales correrían esa misma suerte9). Es en este contexto que las ideas del astrónomo italiano Giordano Bruno cobran vida.

A saber, Giordano Bruno fue un fiel seguidor de las ideas de Copérnico10). Bruno, también refuta la cosmología aristotélica-cristiana: presenta una imagen del universo ilimitado y homogéneo en contra de la visión finita, heterogénea y jerarquizada de Aristóteles. Mediante las ideas revolucionarias de Bruno se da otra estocada a la visión cosmológica medieval. Algunas de las ideas fundamentales de la concepción bruneana sobre el universo (recogidas en el tercero de los llamados diálogos metafísicos: «Sobre el infinito universo y los mundos») expusieron “la idea de la infinita magnitud del cosmos, de la cual se infiere precisamente la imposibilidad de fijarle un centro y, por consiguiente, de hallar en él un orden simétrico”11). Este renacentista defendió, incluso, la unidad del universo, al igual que lo hicieron algunos filósofos presocráticos varios siglos atrás12).

También, llama la atención el hecho de que Bruno se pronunciara sobre la violencia y los efectos negativos producidos a raíz de la colonización europea en América. De hecho, Giordano atribuyó la conquista y colonización de las Américas, precisamente, al “revestimiento ideológico que procuran la cosmología aristotélica y la religión cristiana”13). No obstante, Bruno no negaba la existencia de Dios, sino que le adjudicaba un carácter infinito al igual que la propia obra de Dios: el universo infinito14). Así, para él, Dios y el cosmos formaban una unidad orgánica concebida con un movimiento autosuficiente, impulsado o animado por “el Espíritu del Mundo15). De ahí que la visión del cosmos de Bruno se inscriba en el animismo renacentista.

A los ojos de la teología antropocéntrica16), la cosmología bruniana amenazaba la posición privilegiada del ser humano en la tierra y el orden establecido. Esto se puede apreciar en las siguientes palabras de Bruno: solo alguien carente de razón podría creer que esos espacios infinitos, habitados por cuerpos vastos y magníficos, fueron diseñados sólo para darnos luz”17). Las ideas panteístas de Bruno fueron rechazadas por la Iglesia y su suerte quedó en manos de la Santa Inquisición, la cual lo mantuvo preso por varios años para finalmente quemarlo en la hoguera.

Con la muerte de Bruno su legado comenzaría pues se le considera el anunciante de Newton y de la física moderna, que es la ciencia que surge, paradójicamente, gracias “a una resurrección de la física más antigua de Occidente18) (la presocrática). Pues bien, las concepciones cosmológicas de Copérnico y Giordano Bruno, así como del no tan referido Nicolás de Cusa19) forman parte de lo que se conoce como el Humanismo Renacentista. En oposición a este pensamiento, por lo que toca a su parte animista, la concepción de la Naturaleza volvería a dar un giro con la llegada del mecanicismo durante la Revolución Científica.

Notas bibliográficas   [ + ]

1. Sobre la astronomía ptolemaica véase Manuel SELLES, y Carlos SOLÍS, La Revolución Científica, Síntesis, Madrid, 1991, pp. 66 y ss.
2. Gerardo BOTTERI, y Roberto CASAZZA, El sistema astronómico de Aristóteles: una interpretación, 1ª ed, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015, pp. 25 y ss. Consultado el 08/04/18 en: https://www.bn.gov.ar/micrositios/admin_assets/issues/pdfs/da174d96e38d7126aa857a83785cb482.pdf
3. Sobre la compatibilización entre la cosmología aristotélica y la teología cristiana, véase, Alicia PULEO, Ecofeminismo, para otro mundo posible, 3ª ed., Ediciones Cátedra, Madrid, 2016, p.99. Así también, Edwin BURTT habla de esta identificación entre ambos al señalar que, “el Motor inmóvil de Aristóteles y el Padre personal del cristianismo se habían identificado”. Más aun, “Había una Razón y Amor eterno, que a la vez era Creador y fin de todo el sistema cósmico” Edwin BURTT, Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna: ensayo histórico y crítico, trad. R. Rojo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1960, p.17.
4. Ibídem, pp.14 y 15.
5. De acuerdo a Fred HOYLE, el astrónomo Polaco tuvo que luchar contra dos frentes: “Por un lado, hubo de mantener una dura batalla contra la teoría de Ptolomeo […] y por otro lado combatir los prejuicios a favor de la teoría geocéntrica, apoyada fuertemente por la popular adhesión de Aristóteles”. Posteriormente, Kepler enderezaría las imperfecciones de la teoría de Copérnico, con lo cual la teoría heliocéntrica iría siendo cada vez más aceptada por la comunidad científica y el mundo. Fred HOYLE, De stonehenge a la cosmología contemporánea Nicolás Copérnico, trad. L. González, 2ª reimpresión, Madrid, Alianza, 1986, pp.132 y 133. También, es importante destacar que las ideas de Copérnico ya se habían presentado en la antigua Grecia con los astrónomos pitagóricos y con Aristarco de Samos, sin embargo, Copérnico las basó en una explicación física. Al respecto véase J. JIMÉNEZ, “Geocentrismo y heliocentrismo en la antigua Grecia”, Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, Volumen XXX, nº72, (1992), pp.173-185
6. En Immanuel KANT, Crítica de la razón pura, trad. M. García Morente, Tecnos, Madrid, 2002. p.101, concretamente en el Prólogo de la segunda edición del año 1787.
7. Carlos MÍNGUEZ, «Copérnico. La crítica al cosmos medieval», Arbor, vol. 84, no. 327, (1973), pp. 7 y 8.
8. Ibídem p.11.
9. Ibídem, p.12.
10. Después de la publicación de la teoría heliocéntrica, nadie fue suficientemente osado para defenderla “salvo unos … incorregibles radicales del pensamiento, como Bruno”. Edwin BURTT, Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna: ensayo teórico y crítico, op,cit., p.58.
11. Esto en palabras de Ángel J. CAPPELLETTI, a propósito de su prólogo en Giordano BRUNO, Sobre el infinitivo universo y los mundos (1584), trad. A. Cappelletti, 2ª ed., Buenos Aires, Aguilar Argentina S.A. de Ediciones, Biblioteca de Iniciación Filosófica, 1981, p.10. Disponible en: http://www.ddooss.org/libros/Giordano_Bruno.pdf 
12. De hecho BRUNO, cuando intenta probar su tesis de la unidad de la materia, utiliza “el raciocinio con que Anaximandro infiere la necesidad de una substancia “indeterminada” (ápeiron)”. Ibídem, p.21.
13. Miguel Ángel de GRANADA, Giordano Bruno y América. De la crítica de la colonización a la crítica del cristianismo, Barcelona, Geo crítica, 1990, pp. 13 y ss.
14. Giordano BRUNO, Sobre el infinitivo universo y los mundos (1584), op.cit., p.32.
15. Alicia PULEO, Ecofeminismo, para otro mundo posible, op.cit., pp. 100 y 101.
16. Giordano BRUNO, citado en I. Frith, Life of Giordano Bruno, Trübner & Co., Londres, 1887, pp.43-44, en Franklin BAUMER, El pensamiento europeo moderno, trad. J.J. Utrilla, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, p.62.
17. Ibídem, p.62.
18. Giordano BRUNO, Sobre el infinitivo universo y los mundos (1584), op.cit., p.33.
19. Décadas anteriores a la publicación de la teoría heliocéntrica, la cosmología del astrónomo Nicolás de Cusa evidenció –por primera vez en 1440– el animismo de un único Universo, aunque no infinito, al menos ilimitado y extenso; “un mundo cuyo centro está en todas partes, y la circunferencia, en ninguna”. Sin embargo, esta concepción de Cusa fue considerada radical por sus contemporáneos, por lo que sus trabajos no fueron tomados en cuenta para la astronomía. A pesar de ello, el pensamiento cosmológico de Cusa sería considerado pieza clave para la transición hacía el humanismo renacentista. Alexandre KOYRÉ, “La Revolución Copernicana”, en Historia General de las Ciencias: La Ciencia Moderna, vol. II, coord. por R. Tatón, Ediciones Destino, Barcelona, 1972, pp.65 y 66.