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Para el desarrollo de este artículo me he apoyado en la obra de Max Horkheimer – filósofo de la Escuela de Frankfurt–: <<La crítica a la razón instrumental>>. Lo que este texto fundacional de la teoría crítica pone de manifiesto es que la racionalidad se compone de dos elementos: uno objetivo [que se vincula con la mente abstracta) y otro subjetivo [que tiene que ver con la mente concreta o instrumental]. Cabe mencionar que estos dos aspectos de la razón no se excluyen entre sí, sino que se complementan: uno necesita del otro para lograr un equilibrio. Sin embargo, como consecuencia de varios factores que se explican a lo largo de la obra en comento, la razón se emancipa de su parte objetiva dando lugar a la subjetivación de la razón y a su reducción al aspecto instrumental1).

Empecemos por diferenciar la racionalidad subjetiva de la objetiva. De acuerdo a Horkheimer la razón subjetiva es aquella que “tiene que ver esencialmente con medios y fines, con la adecuación de los métodos y modos de proceder a los fines, unos fines que son más o menos asumidos y que presuntamente se sobreentienden”2)El aspecto subjetivo de la racionalidad opera desde la mente concreta, que es como el sistema operativo mental que nos permite desempeñar funciones concretas y cotidianas. Desde aquí, no se cuestiona ni la racionalidad ni la moralidad de los fines puesto que se presupone que son racionales y que, por lo tanto, servirán al “interés del sujeto en orden a su autoconservación”3).

Es así como –desde el elemento subjetivo o concreto de la racionalidad– el objeto de discusión se centra en los medios y en las relaciones de coordinación para llegar a los fines, pero no en los fines per se, a menos que éstos pasen a ser un medio para otro fin. En todo caso, la mente concreta –haciendo uso de la razón instrumental– con todo y su capacidad para reflexionar, inferir y diferenciar se volcará y moverá entre los medios y los fines4), pero dejando de lado la conducción moral de estos últimos [a menos que incorpore el elemento o aspecto objetivo].

Por su parte, la razón objetiva es aquella “considerada como un instrumento idóneo para comprender los fines, para determinarlos”5); además, pone el acento en unos fines racionalmente objetivos y supremos6)El aspecto objetivo de la racionalidad opera desde la mente abstracta, que es la que utilizamos para preguntarnos, cuestionarnos y comprender cuestiones trascendentales. De acuerdo a Emilio Carrillo, este tipo de mente sirve para “comprender la vida, entender la vida, ver la vida y vivir la vida”7). Y es que, estas cuestiones difícilmente se podrían abordar desde el aspecto subjetivo.

Es de suma importancia entender que el desarrollo y expansión de la mente abstracta no significa el abandono de la mente concreta, al contrario, se complementan tal cual poderosa sinergia. Mediante la razón objetiva se desempeña la función de percibir, interactuar e interpretar la realidad, así como la verdadera naturaleza de las cosas, es decir, la esencia. Esto nos sirve para cuestionar la racionalidad y conducción moral de nuestros fines. Sin embargo, tales fines no podrían ser concretados sin la dirección y los métodos que provee el aspecto subjetivo de la razón, los cuales están ligados al interés propio y a la autoconservación de la humanidad.

No me referiré a los argumentos que explican la ruptura entre ambos aspectos pero sí mencionaré que la razón subjetiva gana terreno, sobre todo, a partir de la Ilustración hasta llegar a posicionarse sobre la razón objetiva y sobre la Naturaleza8) (incluyendo la naturaleza humana). Así, los filósofos de la Ilustración –tal y como apunta Horkheimer– “dieron la estocada definitiva… al mismo concepto objetivo de razón”9), con lo cual se recluyeron fuera de la racionalidad las dimensiones moral y ética10).

Enterrado vivo el aspecto objetivo de la razón, la razón subjetiva se empieza a moldear de manera paulatina –pero con paso firme– a las necesidades e ideologías de los siglos venideros, que es en donde se sitúa la era industrial y la cultura de las masas11). El resultado es una razón reducida a “un mero instrumento”; una razón enajenada de las partes teleológicas propias del aspecto objetivo y, en general, de su autonomía12). Veamos las implicaciones de esto.

Una de las principales consecuencias que deriva de lo anterior es que muchos de los principios y conceptos fundamentales que “latían siglos anteriores en el corazón de la razón”13) –tales como la felicidad, el amor, la compasión, la igualdad y la justicia, entre otros–, hoy en día están impedidos para pasar por exámenes de racionalidad que incidan en su alcance y contenido (tanto en la esfera pública como en la esfera individual). Sin esta continua y necesaria reflexión moral acerca de nuestros fines, valores y concepciones de la vida buena la mayoría de los seres humanos hemos asumido las concepciones e intereses del sistema hegemónico.

Por ejemplo, creemos que el desarrollo de la humanidad está ligado al desarrollo económico material ilimitado y que nuestra felicidad nos la proporciona el consumo material exacerbado que mantendría ese modelo. De ahí que se hable de una “racionalidad en lo que hace a los medios e irracionalidad en lo que hace a la existencia humana”14). Y es que, al hacer uso exclusivo del aspecto subjetivo de la racionalidad nos estamos centrando en las formas físicas, materiales y, en general, en las apariencias15).

La falta de reflexión, reconocimiento y legitimación de los conceptos y principios fundamentales ocasiona su indeterminación e inoperatividad16). Ante esto, los fines de los seres humanos –al estar vaciados de valor, contenido y dirección morales– sucumben más fácilmente ante los intereses y deseos del egoísta, que es el presupuesto antropológico de la racionalidad instrumental. Así, “la razón subjetiva […] pierde la fuerza necesaria para descubrir contenidos de nuevo tipo y conferirles vigencia…”17). En la medida en que la razón se reduce e instrumentaliza nuestras individualidades se empequeñecen y se enajenan de su autonomía, mientras que nuestros intereses se constriñen a lo material.

De acuerdo a Horkheimer, lo anterior ocurre a partir de la era de libre empresa y bajo la ideología del liberalismo burgués: se asume la idea de que “sólo mediante la competencia ilimitada de los intereses individuales puede alcanzarse el máximo grado de armonía”18). Desde nuestro ser esencial sabemos que esto no es así.

Es verdad, en los inicios de la Modernidad encontramos “una afirmación del racionalismo… de la autonomía del individuo, de lo que el individuo puede hacer por sí solo”; sin embargo, paralelamente “la búsqueda de riqueza y el afán de lucrose van posicionando “no solo en un fin digno de ser perseguido por sí mismo, sino en un fin que va a ir excluyendo todos los otros”19). Así, la individualidad y autonomía de los seres humanos (en principio reivindicadas) paradójicamente se verán cada vez más afectadas en la medida en que estén condicionadas a fines materiales; lo que ocurre si hacemos uso exclusivo de la mente concreta.

Es así como los seres humanos ­–junto con nuestra escuálida individualidad moldeada por una razón reducida– empezamos a configurar sociedades que se organizan y funcionan en torno a la idea de progreso material ilimitado en un planeta que, como sabemos, tiene límites físicos. Sin duda, crecer materialmente de manera ilimitada en un planeta que tiene ciclos naturales y límites materiales es incoherente e irracional; sin embargo, esta idea se ha adoptado como parte natural de nuestra evolución, como una especie de determinismo evolutivo. La cuestión es que la razón reducida está impedida para razonar sobre las irracionalidades de la razón reducida o sobre la necesidad de incorporar el aspecto objetivo de la razón.

En la actualidad asistimos a un retorno al hedonismo que, por cierto, le viene acompañado de una rancia resignación y un consumo exacerbado que no tiene fin [éste último respaldado por un sistema financiero que se alimenta de la deuda]. Es en estos tiempos en los que hemos de preguntarnos si es racional seguir sin cuestionar un sistema y los modos de vida de una parte de la población (incluyendo nuestro propio modo de vida). De continuar en esta misma línea –con seguridad– estamos abocados a la destrucción de los ecosistemas y al deterioro de las bases materiales que sostienen la vida de gran parte de la humanidad y de muchas especies: ya hemos dado pasos significativos al respecto.

En este contexto y ante el sofocamiento de la racionalidad surge la necesidad de utilizar nuestra mente abstracta como una bocanada de aire fresco; respiremos y empecemos a preguntarnos cuestiones trascendentales, a tratar de entender la vida, de verla con otros ojos y, sobre todo, de vivirla desde el amor, la comprensión y la compasión.

Max Horkheimer Ser Humana Blog

Foto encabezado: Juan Cuellar de su colección «Distopía».

Notas bibliográficas   [ + ]

1. Un análisis detallado de la reducción de la razón a su aspecto subjetivo e instrumental es el de Rodríguez Palop en María Eugenia RODRÍGUEZ PALOP, “La sinrazón de la razón como estrategia. Razones a favor de la racionalidad de los agentes morales, Derechos y Libertades, núm. 27, Época II, junio 2012.
2. M. HORKHEIMER, Crítica de la razón instrumental, trad. J. Muñoz, Editorial Trotta, Madrid, 2002.p.45.
3. Ídem.
4. Ibídem, pp.45-47.
5. Ibídem, p.50.
6. Estos fines fueron tratados en la época del Renacimiento por la filosofía racionalista; su objetivo era cumplir con la “función espiritual” que había sido desempeñada por la religión, para lo cual esta corriente filosófica se centró en desarrollar “una doctrina del hombre y la naturaleza”. Ibídem, pp.46 y 53-54.
7. Emilio CARRILLO, “Mente Abstracta. Conocimiento de sí mismo”, Entrevista por parte de Universidad Gaia, Vídeo de Youtube, 17-12-18. Obtenido en: https://www.youtube.com/watch?v=7SFkNmeThcE&feature=youtu.be
8. M. HORKHEIMER, Crítica de la razón instrumental, op.cit, pp. 178-179.
9. Ibídem, p.56.
10. Con el divorcio entre la razón objetiva y la razón subjetiva, las posibilidades para justificar racionalmente la moral languidecen desde una racionalidad instrumental reducida que gira en torno a la teoría del interés propio y al egoísmo.
11. M. HORKHEIMER, Crítica de la razón instrumental, op.cit., p.57.
12. Ibídem, p.58.
13. Ibídem, pp.60-61.
14. Ibídem, p.116.
15. Emilio CARRILLO, “Mente Abstracta. Conocimiento de sí mismo”, op.cit.
16. Se habla de una “pérdida de sustancia de los conceptos fundamentales”. M. HORKHEIMER, Crítica de la razón instrumental, op.cit., p. 61.
17. Ibídem, p.85.
18. Ibídem, p.151.
19. G. GALAFASSI, “Razón Instrumental, dominación de la naturaleza y modernidad: la Teoría Crítica de Max Horkheimer y Theodor Adorno, en Revista Theomai: estudios sobre sociedad, naturaleza y desarrollo, nº 9, ISSN-e 1515-6443, 2004.