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A mis veintitantos años gozaba de buena salud hasta que un día, sin previo aviso, dejé de comer de la manera en la que había comido hasta entonces. Comenzó después de haber estado en un restaurante, justo al llegar a casa. Durante la noche me invadió una tos sofocante a la que le acompañó una sensación de falta de oxigeno; me costaba respirar. A la mañana siguiente mi nada grata sorpresa fue que era incapaz de deglutir de manera automática y natural: mi garganta se había cerrado. Al percatarme de mi nueva incapacidad mi sistema nervioso colapsó.

Durante estos años mi calidad de vida disminuyó considerablemente. Bajé varios kilos puesto que comer ya no era un placer sino algo que tenía que hacer para sobrevivir. No está de más mencionar que empecé a tener miedo de comer. Ya no podía deglutir en automático. Toda mi atención se concentraba en tratar de comer y no morir en el intento. Durante ese tiempo me encontraba sumergida en sentimientos de tristeza, autocompasión, recriminación y victimismo. A veces afloraba el optimismo, pero, en general: anhelaba el pasado, rechazaba el presente y temía al futuro.

Por supuesto, acudí a varios médicos, entre ellos, otorrinolaringólogos y gastroenterólogos. Físicamente mi cuerpo padecía de gastritis crónica. Tenía además una hernia hiatal y me diagnosticaron reflujo gastroesofágico (ERGE) o regurgitación ácida (este último causado por un deficiente funcionamiento del esfínter esofágico inferior). Pensaba que después de la cirugía antirreflujo todo iba a volver a la normalidad. Sin embargo, mi doctor me repetía que todo eso no era motivo para no deglutir correcta y naturalmente.

Después de la cirugía el miedo a comer no sólo no se fue sino que aumentó adoptando distintas formas. Durante los años posteriores aprendí a convivir con la disfagia y con el mal vivir, es decir, con el mal dormir, el medio respirar, la angustia, el estrés y con uno que otro ataque de pánico. Era mi nueva vida y no me quedaba mas que aceptarla. Eso sí, siempre miraba hacia el pasado que era donde me veía sana y feliz. Aún y todo, seguía amando vivir y ese amor por la vida hizo que jamás me rindiera. A partir de entonces opté por encontrar una verdadera solución, al fin y al cabo por algo me encontraba allí.

El anhelo por regresar a mi estado natural [aquel en donde podía comer bien y tranquilamente sin necesidad de tomar pastillas o hacer esfuerzos], hizo que probara otras alternativas. En principio, fueron las técnicas de meditación instruidas por el Dr. Antonio Cano Videl –miembro de la Sociedad Española para el estudio de la Ansiedad y el Estrés–, las que me ayudaron a tomar consciencia de mi cuerpo. Gracias a estas técnicas fui consciente de varias cosas: de que corría como si llevara encima un gran peso; de que mi posición al sentarme demostraba incomodidad y rigidez, y de que mi forma de caminar revelaba inseguridad.

Lo anterior no fue sino el primer paso dentro de un camino en el que todavía sigo y el cual tiene que ver con sacar la mejor versión de mí; ser cada día más consciente; respirar profunda y conscientemente; confiar en la vida y percibir mi existencia de otra manera.

Actualmente puedo afirmar que la disfagia se ha esfumado (aunque su aprendizaje no); que me siento más viva y sana que antes de que llegara, y que mi concepción sobre la vida ha dado un giro de 360º. He aprendido que las enfermedades llegan por un motivo y razón que hemos de reconocer para transformar. En mi caso no fue una sola cosa la que me ayudó a salir del bucle en el que me encontraba, sino la suma de todo. Aunque, si me preguntan qué fue lo que realmente sanó mi disfagia, respondería que el abrir mi mente; una mente que hasta entonces había estado limitada por creencias limitantes y por una falta de reconocimiento de mi ser.