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Las sociedades modernas actuales se han ido configurando conforme a «un modelo cultural que establece una brecha entre la naturaleza, que incluye el cuerpo en el que vivimos encarnados, y la cultura, como si fueran dos cosas distintas». De acuerdo a Yayo Herrero, «esta concepción impregna la ciencia, la economía, el concepto de libertad y de los derechos»1). A saber, a esta división entre naturaleza y cultura se vinculan otros dualismos «de oposición jerarquizada»2) que, también, «ocupan un lugar central en la religión y en la tradición hegemónica de la filosofía en Occidente»3): cuerpo/mente y emociones/razón, entre otras.

Básicamente, se ha inferido que la libertad y la perfección se encuentran en la razón y en el mundo inteligible de las ideas y no en el mundo natural, al que se le atribuyen características de imperfección, putrefacción, causalidad, necesidad y desorden. Cabe resaltar que estos dualismos han ido bebiendo de fuertes sesgos patriarcales. De ahí la importancia de abordar el sesgo de género que, desde sus inicios, empapa a la cultura. Pero ¿qué se entiende por cultura?

De acuerdo con las investigaciones de la filósofa mexicana Rosario Castellanos, la palabra cultura «deriva del verbo latino: collere, con el que se designaba el cuidado de los campos para obtener una mejor y más segura cosecha»4). Como bien se aprecia, la palabra cultura «era gemela inseparable de tierra (agri-cultura)”5), y «por metáfora, su acepción pasó a designar lo mismo en otros campos»6); por ejemplo, en la filosofía kantiana el fin exclusivo de la cultura es «producir un alto grado moral, individual y colectivo que lleve a la plena libertad del espíritu»7). En un sentido más general, entendemos por cultura el mundo de la creación, de las ideas, de la libertad, del progreso, de la historia y de la vida pública.

En efecto, la cultura es vital para el desarrollo de las personas, y no solo eso, sino que –en palabras de Ana de Miguel–: «el poder simbólico o cultural es tan importante como el económico y político por cuanto legitima a los anteriores. Es el poder que modela lo que pensamos y sentimos. El mundo del pensamiento, de la creación y de la cultura actúa dando sentido a nuestras vidas, modela nuestra normas morales, nos enseña a aceptar unas situaciones y a condenar otras»8).

Pues bien, la cultura se ha escrito en masculino. A esto se refería el filósofo alemán George Simmel en su libro «Cultura femenina y otros ensayos»9). En palabras de Castellanos siguiendo a Simmel: «Nuestra cultura en realidad es enteramente masculina. Son los hombres los que han creado el arte y la industria, la ciencia y el comercio, el Estado y la religión». De ahí que exista «una oposición efectiva entre la esencia general de la mujer y la forma general de nuestra cultura»10).

Y es que, la cultura no solo se construye por los hombres sino para los hombres. Esto se tradujo en un intento constante de excluir de la cultura al colectivo femenino ‘justificando’ su inferioridad mediante su naturalización. Luego entonces, el lugar asignado a las mujeres –a quienes se les ha considerado seres eminentemente emocionales y sujetas a «la inmanencia cíclica del orden natural»11) quedó reducido a un espacio privado-doméstico. Se trata de un espacio que se acerca más a la Naturaleza y desde el cual se satisfacen necesidades tales como el descanso, la comida y el sexo12). Ciertamente, poco a poco las mujeres hemos ido entrando en la esfera pública y al “mundo público del empleo”; sin embargo, no ha ocurrido lo mismo a la inversa, es decir, las tareas domésticas y de cuidados no han sido asumidas equitativamente por parte del colectivo masculino13).

Volviendo a lo que nos ocupa, hemos de tener muy en cuenta que la cultura a la que me refiero es aquella a la que Boaventura de Sousa califica de monocultura, y la cual se exporta desde Occidente a casi todos los rincones del planeta. Al respecto, el sociólogo portugués ha distinguido varias formas en las que la monocultura produce la no existencia, es decir, lo que no reconoce o excluye. Una de esas formas es la naturalización de las diferencias para justificar lo que considera inferior, que opera distribuyendo «las poblaciones por categorías que naturalizan jerarquías»14). A saber, «la clasificación racial y la clasificación sexual son las manifestaciones más señaladas de esta lógica», de acuerdo a la cual, «la no existencia es producida bajo la forma de una inferioridad insuperable en tanto que natural»15).

Pues bien, lo que interesa en este artículo es centrarnos en el sesgo de género de la monocultura que es producido y difundido, en gran parte, gracias a grandes teóricos de la Modernidad. De acuerdo a Ana de Miguel, el arsenal teórico que despliegan estos filósofos «para explicar cómo y por qué las mujeres son inferiores a los chicos, forma parte de la llamada genealogía patriarcal«16). Como veremos a continuación, existen bastos ejemplos en los que se teoriza «a las mujeres como la parte de la humanidad carente de razón y voluntad, sometida a sus afectos, emociones y pasiones…»17) Veamos algunos ejemplos:

  • Toda educación de las mujeres debe de estar referida a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarles de pequeños y cuidarles cuando sean mayores, aconsejarles, consolarles, hacerles la vida agradable y dulce: éstos son los deberes de las mujeres de todos los tiempos y lo que ha de enseñárseles desde la infancia”. Jean-Jacques Rousseau, escritor y pensador político del siglo XVIII.
  • “Los hombres paren ideas, cuadros, composiciones literarias y musicales, organizaciones políticas, inventos, nuevas estructuras materiales; mientras que las mujeres paren la nueva generación”. Frank Barron, psicólogo y filósofo pionero de la psicología de la creatividad.
  • “Acostumbradlas a ser interrumpidas en mitad de sus juegos y llamadlas a otras ocupaciones sin que murmuren […] desde muy temprano debe aprender a padecer hasta la injusticia, y aguantar, sin quejarse, los agravios de un marido«18)Jean-Jacques Rousseau.
  • Las mujeres son la astucia de la especie para que el ser humano real, que es el hombre, se reproduzca, cosa que por su inteligencia no haría”. Arthur Shopenhauer, filósofo alemán del siglo XIX.
  • “Dos cosas quiere el varón auténtico: peligro y juego. El varón debe ser educado para la guerra, y la mujer, para la recreación del guerrero. Todo lo demás son tonterías”19)Friedrich Nietzsche en la obra <<Así habló Zaratrusta>>, 1896.
  • No hay dios en la tierra para una mujer más que su marido. La más excelente de las buenas obras que puede hacer es tratar de agradarle: ésta debe ser su única devoción”. Código brahamánico.
  • “<<El progreso de la mujer>>”, consiste en “<<hacer su vida cada vez más doméstica, disminuir al máximo el trabajo fuera de la casa y capacitarla, de manera cada vez más completa, en su rol de educadora de la naturaleza moral de los hombres>>”20)Comte, filósofo francés del siglo XIX.
  • “El organismo de las mujeres está dispuesto al servicio de una matriz; el organismo del hombre se dispone para el servicio de un cerebro”. Federico Arvesu, médico y jesuita, <<La virilidad y sus fundamentos sexuales>>,
  • “Entre mil varones hallé uno que fuese prudente, pero entre todas las mujeres, ninguna me ocurrió con sabiduría”. Eclesiastés VII, 29.
  • Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho”. Pilar Primo de Rivera, falangista española del siglo XX.
  • “Señor, una mujer que compone es como un perro que anda sobre sus patas traseras. No lo hace bien, pero ya sorprende que pueda hacerlo en absoluto”. Crítica compartida por Nick Green, Dr. Johnson y Cecil Gray, citado en <<Una habitación propia>> de Virginia Woolf.
  • “…Las mujeres novelistas deberían sólo aspirar a la excelencia reconociendo valientemente las limitaciones del sexo”. Life and Letters, agosto de 1928 citado en <<Una habitación propia>> de Virginia Woolf.

Cuando se trae a colación ejemplos como las anteriores es común escuchar a voces justificando el pensamiento de sus autores y autoras dada la época en la que vivieron. No obstante, si nos remontamos a esos mismos periodos de la historia encontramos a algunos de sus contemporáneos que no pensaban así: hombres influyentes que no compartían las mismas ideas de inferioridad y exclusión, y que además, reivindicaban la igualdad de las mujeres para que gozaran de los mismos derechos y libertades. Dos ejemplos a destacar son: Condorcert, diputado de la Asamblea Legislativa Francesa, quien en la Francia de la Ilustración se muestra a favor de la titularidad de las mujeres al derecho a la ciudadanía21); y, John Stuart Mill, filósofo y economista escocés quien, junto con su esposa Harriet Taylor, defendió el derecho al voto de las mujeres ante el Parlamento Británico del siglo XIX22).

Si bien, personas como Condorcert y John Stuart Mill contribuyeron con los movimientos feministas a sentar las bases para la incorporación de las mujeres a la sociedad civil en pie de igualdad, el orden patriarcal no se desquebrajó, sino que, tal cual virus, ha seguido expandiéndose hasta llegar a recubrir casi todos los rincones de nuestras sociedades, inclusive, adoptando nuevas formas (a veces imperceptibles).

Lo que aquí se defiende es que esta monocultura dual y fragmentaria –que se ha ido fraguando durante los últimos siglos– sigue en la actualidad condicionando nuestra manera de ver y pensar el mundo… nuestras conductas. De hecho, los estereotipos de género y la asignación de diferentes roles dependiendo el sexo también influyen en la manera en que seguimos creando la cultura. Y es que, piénsese que esta manera de interpretar el mundo se ha ido transmitiendo de generaciones en generaciones, llegándose a instalar en el imaginario colectivo e individual, así como en nuestros subconscientes. Por lo tanto, sería muy ingenuo pensar que para que exista una verdadera igualdad y libertad basta con cambiar las leyes sin antes re-pensar nuestra cultura en correlación con nuestras subjetividades.

Sin duda, es necesario que nos hagamos continuamente preguntas que evidencien el sesgo de género en la cultura, como, por ejemplo: ¿la cultura en la que vivo inmersa o inmerso tiene sesgos patriarcales que hasta ahora no había detectado? ¿Reproduzco en mi cotidianidad estos sesgos? ¿Hasta qué grado la cultura de la que he bebido es una herramienta para la emancipación individual y colectiva? ¿La igualdad de derechos puede “conseguirse dentro de un marco institucional establecido en función de una cultura definida y dominada por hombres”23)? ¿Cuáles aspectos de la cultura deberían cambiar para poder aspirar a un mundo justo, libre e igualitario?

En su momento, Simone de Beauvoir reivindicó la pertenencia de las mujeres a la cultura; ahora –siguiendo el pensamiento de Alicia Puleo– las mujeres hemos de reivindicar «nuestra doble pertenencia a la Naturaleza y a la Cultura, recordando al colectivo masculino que también comparte esa doble pertenencia»24)Porque, recordemos, los seres humanos somos Naturaleza y Cultura sin distinciones ni jerarquías.

Notas bibliográficas

1 Yayo HERRERO, “El cambio hacia un consumo consciente debe ser colectivo”, Entrevista de fecha 20/10/17. Disponible en: http://opcions.org/es/entrevistas/yayo-herrero/
2 Alicia PULEO, Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales, Plaza y Valdés, Madrid, 2019, p. 77.
3 Alicia PULEO, Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales, Plaza y Valdés, Madrid, 2019, p.149.
4 Rosario CASTELLANOS, Sobre Cultura femenina, Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
5 En palabras de Rosario CASTELLANOS citando a Pío BAROJA, “Divagaciones sobre la cultura”, publicado por la revista Universidad, editada por el servicio editorial de la UNAM, bajo la dirección de Miguel N. Lira, el mes de agosto de 1936, volumen 2, número 7.
6, 10 Rosario CASTELLANOS, Sobre Cultura femenina, op.cit.
7 Ídem.
8 Ana DE MIGUEL, Neoliberalismo sexual: El mito de la libre elección, op.cit. p.156.
9 Georg Simmel. Cultura femenina y otros ensayos, traducción de eugenio Ímaz, José R. Pérez Vances, 3a Edición, colección Austral, Espasa. Calpe Argentina, Buenos aires, 1941
11 Esto forma parte del pensamiento de Simone de Beauvoir. En Alicia PULEO, Ecofeminismo, para otro mundo posible, op. cit., p.383.
12 Ana DE MIGUEL, Neoliberalismo sexual: El mito de la libre elección, op.cit. p.217
13 C. BORDERÍAS, C. CARRASCO y C. ALEMANY, Las mujeres y el trabajo: rupturas conceptuales, Icaria/Fuhem, Barcelona, 1994, p.25
14 Boaventura de Sousa SANTOS, Refundación del Estado en América Latina. Epistemologías del Sur, Instituto Internacional de Derecho y Sociedad, Lima, 2010, pp. 38 y ss.
15 Boaventura de Sousa SANTOS, Refundación del Estado en América Latina. Epistemologías del Sur, Instituto Internacional de Derecho y Sociedad, Lima, 2010, pp. 38 y ss.
16 Ana DE MIGUEL, Neoliberalismo sexual: El mito de la libre elección, op.cit. p.35.
17 Ibídem, p.176.
18 Jean-Jacques ROUSSEAU, El Emilio o la educación: Infancia, adolescencia y Mujer, Libro V, 1762. En Ana DE MIGUEL, Neoliberalismo sexual: El mito de la libre elección, op.cit. p.67.
19 Ana DE MIGUEL, Neoliberalismo sexual: El mito de la libre elección, op.cit. p.284.
20 En palabras de Yadira CALVO citando a COMTE. En Yadira CALVO, La aritmética del patriarcado, Bellaterra, Barcelona, 2016, p.111.
21 En 1790 Condorcert publica la obra “Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía” Nuria VARELA, Feminismo para principiantes, op.cit, p.26.
22 De hecho, John Stuart Mill escribe junto con Harriet Taylor el ensayo “El sometimiento de la mujer” (1869).
23 María Eugenia RODRÍGUEZ PALOP, La nueva generación de Derechos Humanos. Origen y justificación, 2ª ed., corregida y ampliada, Dykinson, Madrid, 2010, p.283.
24 Alicia PULEO, Ecofeminismo para otro mundo posible, 3ª ed., Ediciones Cátedra, Madrid, 2016, p.20.