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Desde la suscripción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, hemos sido testigos de una fuerte presencia del discurso de los derechos humanos en los ámbitos políticos y jurídico-institucionales, tanto nacionales como internacionales. Los derechos humanos se han usado para «referirse a la dignidad de los seres humanos» 1). A propósito, conviene saber que cuando los derechos humanos se juridifican o positivizan en los principales ordenamientos, pasan a constituirse como derechos fundamentales; aunque, si bien es cierto, no todos los derechos humanos han sido reconocidos como derechos fundamentales.

Luego entonces, se considera que el fundamento de todos los derechos humanos recae en la igual dignidad de las personas. En este sentido, «tanto las declaraciones y tratados internacionales en materia de derechos humanos como el texto de las constituciones contemporáneas posteriores a la segunda guerra mundial, recogen la igual dignidad de toda persona como fundamento de todos los derechos fundamentales, del orden constitucional…» 2). Sin embargo, cosa muy distinta es que todas las personas gocemos de una igualdad material, real y efectiva.

Dicho de otro modo, el hecho de que en nuestras leyes se reconozca el principio de igualdad, desafortunadamente, no significa que vivamos en sociedades justas e igualitarias. Claro, es un avance muy importante fijar como horizonte normativo la igualdad manifestada en todas sus formas para así tener un rumbo fijo hacia donde caminar.

Por ahora –como acertadamente menciona Boaventura de Sousa–, «la gran mayoría de los seres humanos no son sujetos de derechos humanos, sino objetos de los discursos estatales y no estatales de derechos humanos» 3). En este sentido, aunque los llamados Estados de Derecho han ido incorporando dentro de su acervo jurídico los principios de libertad e igualdad como derechos fundamentales, no podemos negar que la desigualdad en la vida de muchas mujeres y de aquellas personas que, por ejemplo, no cumplen con los mandatos heteronormativos, persiste y se recrudece de muchas maneras. Así, la desigualdad se hace latente inclusive en esas sociedades en las que se ha proclamado una igualdad formal, es decir, aquella recogida en las leyes. Y aquí, es importante aproximarnos al concepto filosófico de igualdad de la mano de Alicia Puleo:

“En términos filosóficos, la igualdad no es un concepto descriptivo, sino valorativo. No describe una realidad empírica, sino que plantea un principio y una norma para el trato. Cuando se afirma la igualdad de todos los seres humanos no se sostiene que sean idénticos, clónicos. […] Lo que se proclama es su igualdad en dignidad y derechos” 4).

En efecto, mediante la igualdad no perseguimos que seamos idénticos ni clónicos, sino partir de una igualdad en dignidad y en derechos que no haga a un lado nuestras diferencias. De ahí la importancia de reivindicar la diferencia como un valor que se complementa a la igualdad. Y es que, el principio de igualdad también persigue que «las diferencias no sean utilizadas para discriminarnos» 5). Dicho de otro modo, tenemos derecho a ser iguales cuando la diferencia es utilizada para discriminarnos. En este sentido, hemos de tener claro que «no toda vulneración del derecho a la igualdad constituye un acto discriminatorio, pero toda vulneración del derecho a la no discriminación afecta al derecho a la igualdad» 6).

Por su parte, reivindicar la diferencia es tener «derecho a ser diferentes siempre que la implementación del principio de la igualdad formal descaracteriza y atenta con nuestra identidad». Esto es así porque la igualdad también puede discriminarnos cuando es ciega ante lo que nos distingue (de ahí que las acciones de discriminación positiva sean legales y se muevan dentro de los parámetros del principio de igualdad). Dicho de manera coloquial por María José Fariñas: «igualdad y diferencia son las dos caras de una misma moneda» 7).

Ahora bien, en el caso de las mujeres la persistencia y reproducción de la desigualdad sexual se debe a muchas razones; algunas de las cuales tienen que ver con el hecho de que en las sociedades patriarcales encontramos una serie de comportamientos e ideas –precisamente cargadas de sesgos patriarcales– que han contribuido y siguen contribuyendo a alimentar la desigualdad sexual. Así, determinados roles de género, patrones de conducta, tradiciones, prejuicios, normas y estereotipos –cuyo grado de legitimidad e intensidad varía dependiendo del tipo de patriarcado y sociedad–, confluyen entre sí y condicionan (en mayor o menor medida) la vida de muchas mujeres.

Para la socióloga Janet Saltzman 8) las “clases de definiciones sociales que contribuyen al mantenimiento de la desigualdad sexual” 9) son principalmente tres: las ideologías sexuales, las normas sexuales y los estereotipos. En palabras de Ana de Miguel: «las ideologías sexuales son sistemas de creencias que explican cómo y por qué se diferencian los hombres de las mujeres. Y, sobre esta base, no solo especifican diferentes derechos y deberes sino diferentes formas de realización humana». Por su parte, «las normas sexuales hacen referencia a la conducta que se espera de los géneros». Y por último, «los estereotipos atribuyen rasgos de carácter a los individuos por pertenecer a un grupo social» 10). La cuestión es que estas definiciones sociales no solo persisten en el espacio privado sino en muchos de los ámbitos de la vida humana.

De manera paralela, hay que tener en cuenta que durante siglos y siglos de invisibilización y exclusión del colectivo femenino y otros colectivos, se dio forma y se dotó de contenido a una monocultura que no incorporó las miradas, experiencias y aportaciones de las mujeres 11). Como bien menciona Alicia Puleo: «Durante siglos, nos han mantenido apartadas del mundo del poder político, del conocimiento y de la creación cultural. Esta historia de la exclusión de las mujeres ha dejado en la cultura importantes carencias y deformaciones que llamamos sesgo de género» 12). Sin duda, los efectos de estas omisiones irradian hasta nuestros días.

También, es importante mencionar que el trato desigualitario y discriminatorio hacia las mujeres –como uno de los tantos síntomas de las sociedades patriarcales– se agudiza, aún más, con la llegada del capitalismo industrial. Aun y todo, se entiende que el capitalismo no es la única forma que oprime la autonomía de las mujeres. En otros órdenes sociales– tales como el colonialismo y el esclavismo– encontramos presente una gran limitación a la autonomía de las personas. Lo que ocurrió es que el nuevo sistema económico capitalista acogió con ímpetu, desde sus inicios, lo previamente fragmentado por un modelo de carácter cultural que separa Naturaleza y Cultura como si fueran dos ámbitos antagónicos.

Para realizar un símil de lo ocurrido echemos a volar la imaginación y metamos en una licuadora los siguientes ingredientes: -un puñado de normas sexuales; -varias cucharadas de estereotipos; -una cantidad abundante de ‘todo vale y todo se puede comprar mientras haya un comprador y dinero’; para reforzar el sabor, -añadamos ‘la ley de la oferta y la demanda extensible a los cuerpos de las mujeres’; y por último, -500g de sesgos patriarcales. El resultado: la sexualización de las mujeres y su comercialización como «algunos de los mecanismos fundamentales de reproducción de la desigualdad sexual» 13).

A modo de conclusión, es importante saber que –inclusive en aquellos lugares en los que se ha proclamado una igualdad formal– la desigualdad sexual se manifiesta y reproduce de manera casi imperceptible, pero con paso firme, dentro de estructuras sociales históricamente injustas y desiguales. Como ya vimos, la desigualdad sexual se instala y se reproduce en los imaginarios colectivos e individuales a través de las ideologías y normas sexuales, así como también, mediante los estereotipos de género y otras formas que la legitiman. También, hemos de considerar que todas estas formas que reproducen la desigualdad sexual son, además, propagadas de manera masiva por los medios de comunicación, llegando a espacios que muchas veces escapan al discernimiento y reflexión sobre la igualdad.

Lo anterior ha de ser asumido como un reto para los derechos humanos y para cada persona que desee vivir en una sociedad más libre, justa e igualitaria.

Notas bibliográficas

1 Boaventura de Sousa SANTOS, La difícil democracia: Una mirada desde la periferia europea, Akal,España, 2016, p. 337. La negrita es mía.
2 Curso Igualdad de oportunidades aplicación práctica en el ámbito jurídico, Unidad 1: Conceptos en Materia de Igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, p.14. Escuela virtual de Igualdad de España. Instituto de la Mujer y para la Igualdad de oportunidades. https://www.escuelavirtualigualdad.es/
3 Boaventura de Sousa SANTOS, La difícil democracia: Una mirada desde la periferia europea, Akal, España, 2016, p. 337.
4 Alicia PULEO, Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales, Plaza y Valdés, Madrid, 2019, p.76.
5 María José FARIÑAS DULCE, “Las diferencias de género en el contexto de la globalización”, en Revista Derecho & Sociedad 21, (2003), pp.314-319.
6 CEAR, Asilo y Refugio: Guía de recursos educativos para el profesorado, Comisión Española de Ayuda al Refugiado. Disponible en: https://www.cear.es/wp-content/uploads/2016/12/CEAR_GUIA-DIDACTICA_web.pdf 
7 Ídem.
8 Janet SALZMAN, Equidad y género, Ed. Cátedra, Madrid, 1989.
9 Ana DE MIGUEL, Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección, Ed. Cátedra, Madrid, 2017, pp. 234 y 235.
10 Ídem.
11 Dentro de la monocultura occidental encontramos una única historia, una ciencia, una economía y una educación
12 Alicia PULEO, Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales, Plaza y Valdés, Madrid, 2019, p.69.
13 Ana DE MIGUEL, Neoliberalismo sexual: El mito de la libre elección, op.cit, p.49.